lunes, 23 de noviembre de 2015

Encarnar las enseñanzas

Hace un tiempo, mi hija estuvo en un Monasterio de Nepal participando en cursos de budismo tibetano. Me contó que había tenido una muy buena experiencia; yo la noté transformada y, por primera vez, abierta a una tradición espiritual. Eso me llevó a querer conocer algo de dicha tradición.

Ella me comentó que en el Monasterio le habían dicho que había una monja que se había formado allí durante muchos años y que actualmente coordinaba grupos en Buenos Aires. Decidí contactarme con ella y le envié un mail. Me respondió amablemente sugiriendo que la llamara por teléfono y, para mi sorpresa, tuvimos una larga conversación telefónica.

Me preguntó cómo la había ubicado, y le conté la historia que ella escuchó con atención. Luego me informó que su Centro era muy pequeño y que tenía muchas dificultades para difundir  sus actividades aquí, por lo que tenía poca concurrencia. Me dijo también que en este país a la gente le cuesta mucho comprometerse, tener continuidad y disciplina. Agregó que le costaba encontrar voluntarios que la ayudaran con la difusión por Internet y que la gente no hacía donaciones para sostener las actividades, como se acostumbra en otros países. Por último, me aclaró que su Centro estaba localizado en un barrio al que llegaban pocos transportes públicos y me indicó cómo llegar.

Me agradó mucho su franqueza porque, confieso, ya estoy un poco cansada del estilo “todo bien, todo maravilloso” que conforma la máscara promocional, característica de nuestra cultura actual.
A los pocos días, recibí un mail en el que me confirmaba día y hora de la próxima meditación. Entusiasmada, llamé a una amiga para preguntarle si quería acompañarme y gustosa aceptó. Luego se sumó otra amiga más (que vive en el sur, pero que estaba de paso por Buenos Aires).

El día indicado llegamos las tres contentas al lugar y tocamos el timbre. Luego de una pequeña demora nos abrió la puerta una señora ataviada con los ropajes budistas. Allí mismo, en la puerta, nos dijo que el timbre no funcionaba y que la persona encargada de abrir no había llegado,  y en un tono que era medio lamento y medio  enojo, expresó su frustración por la falta de puntualidad de la gente. También nos advirtió que el lugar estaba frío porque esa casa y ese barrio eran más fríos que otros, debido a que pasa un arroyo subterráneo por allí. Agregó, además, que el baño no funcionaba bien porque tenía problemas con los caños y mencionó algunos desperfectos más, todo producto de su falta de recursos.

Nos invitó a pasar al salón y allí relató todos los esfuerzos infructuosos que hizo, durante muchos años, para difundir su tradición budista en la Argentina. La historia se alargó demasiado y sentí su profunda amargura.
Después de casi una hora, comenzó la meditación. A pesar del frío, producto más del clima emocional que de la temperatura ambiente, yo continuaba abierta e interesada en la experiencia y con buena disposición a hacerla. Después de todo, para eso estaba allí. Pensé que quizás la habríamos encontrado en un mal momento y, además,  ¿quién no tiene alguna historia amarga que contar?

La mujer guió en primer término una meditación en movimiento, muy interesante, y luego nos invitó a sentarnos. Antes de comenzar la siguiente meditación nos dijo que sería profunda y sanadora, pero que lamentablemente la gente no siempre… Quejas y más quejas. ¡Otra vez! Ya demasiado disruptivo.
Haciendo a un lado sus nuevos comentarios, me concentré en la meditación, muy buena por cierto.

Una vez finalizada la actividad, nos preguntó directamente a las tres si volveríamos y si nos queríamos comprometer con el camino.
Todas respondimos que lo pensaríamos, pero ella se dio cuenta de que no lo haríamos. Nos dijo entonces irónicamente: “Ah…, solo vinieron por una vez…, bueno”.

Al salir, las tres nos sentimos compungidas. Lamentamos mucho que su estilo personal fuera tan discordante con sus enseñanzas, que a todas luces parecían valiosas. Pero su modalidad resultaba una barrera infranqueable. No pudimos soportar sus quejas ni su amargura y, menos aún, lo que parecía una falta de consciencia del efecto que estas producían.
La charla con mis amigas me ayudó a disipar mi frustración y a transformar mis pensamientos críticos en compasión. En este sentido, agradezco las palabras mágicas de una de ellas: “Debe ser muy difícil dejar la vida monástica de la comunidad, estar tan aislada, tan lejos y hacer todo sola”.

He querido relatar esta experiencia porque me parece que ilustra muy bien la diferencia que hay entre seguir un camino espiritual y encarnar un camino espiritual. Cuando la espiritualidad no se aplica a la vida de todos los días, queda disociada.
Como surge de todas las tradiciones espirituales que conozco, esta aplicación no es “automática”. Requiere de un proceso de toma de consciencia, de elaboración y de elección constantes. Por suerte, en este caso, mis amigas me ayudaron a transformar mi indignación en comprensión-compasión y al mismo tiempo a hacer honor a mi decisión de no regresar.

En realidad, la mayoría de las veces, aprender a conectarse con lo espiritual es lo más fácil. Pero después de subir hay que bajar y traer lo aprendido al mundo que nos rodea.
Encarnar lo espiritual es una tarea constante que implica, entre otras cosas, estar dispuesto a cocinar la crudeza de nuestras emociones y de nuestros pensamientos, bajo la Luz cálida que emana de la Consciencia Espiritual.
Lic. Eugenia Lerner