lunes, 29 de septiembre de 2014

¿Es mejor tener muchas o pocas expectativas?

Hace un tiempo alguien me preguntó: “¿Cómo es la cuestión de las expectativas? Algunos caminos psicológicos y espirituales sostienen que es mejor tener pocas expectativas, porque ellas llevan al apego emocional y a la frustración. Mientras tanto, otros caminos sugieren que seamos optimistas y esperemos que ocurra lo mejor, ya que las actitudes positivas favorecen los buenos resultados”.

Mi respuesta fue la siguiente: “Me parece que no siempre es adecuado tener bajas expectativas, como tampoco es apropiado tener siempre expectativas muy altas. Pienso que lo más conveniente es regular las expectativas de acuerdo con las circunstancias y con nuestra personalidad

Desde mi punto de vista, dichas formulaciones generales sobre las expectativas no son verdades universales. Son solo una guía útil, pero es necesario considerar cada situación en particular.

En relación con las circunstancias, podemos preguntarnos cuáles son las posibilidades de que ocurra lo que esperamos. Aunque la respuesta solo refleje nuestra creencia (ya que nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrirá), tener claro qué idea tenemos al respecto nos provee de un marco de referencia para regular nuestras expectativas. También nos da la oportunidad de revisar o de modificar esa creencia si lo consideramos necesario.

Además, está la cuestión de nuestra modalidad. Algunas personas funcionan mejor si mantienen altas sus expectativas, aun en circunstancias desfavorables, porque lo sienten como un desafío motivador. Mientras tanto, otras personas prefieren bajar sus expectativas cuando las situaciones son poco propicias para que la frustración no les impida seguir adelante.

Dicho de otra manera, hay gente que es optimista por naturaleza, y que sigue siendo optimista aun cuando los resultados no sean los esperados y no se apegan mucho a sus deseos. En cambio, hay gente optimista que se frustra cuando los resultados no se ajustan a sus expectativas, y a la que le cuesta sobreponerse a la desilusión o desapegarse de lo que quería.

Hay gente pesimista más desapegada que no se frustra mucho si las cosas no salen bien.
Hay gente pesimista que puede regular su apego y que, si bien se frustra cuando no obtiene los resultados esperados, se sobrepone con facilidad a la frustración.
Hay gente pesimista que se frustra y a la que le cuesta revertir su desilusión.

Por último, están los más realistas. También ellos pueden ser más o menos apegados, frustrarse más o menos y sobreponerse mejor o peor a la frustración.
En consecuencia, desde mi punto de vista, más que una formulación general sobre si conviene tener muchas o pocas expectativas, es más útil tener claro cuál es nuestra percepción de las posibilidades en cada caso y qué tipo de expectativas nos ayudan a manejar mejor nuestras frustraciones y apegos.

Por último, quiero decir que no todos los optimistas logran siempre mejores resultados, como tampoco a los pesimistas les va siempre peor, ya que los logros no dependen exclusivamente de nuestras expectativas.
Lic. Eugenia Lerner

viernes, 29 de agosto de 2014

Kupono: Método de sanación emocional

En el sistema Huna existen diversos métodos para la sanación física, emocional, mental y espiritual. Entre ellos existe uno llamado Kupono,  particularmente efectivo para sanar las emociones, el que aprendí de mi maestro, Serge Kahili King.

A su vez, hay varias técnicas de Kupono que se utilizan para distintas finalidades, tales como: aquietar emociones, sanar dolores y heridas emocionales, modificar reacciones automáticas, liberar memorias indeseadas y armonizar conflictos emocionales.

Aquí voy a transmitir una de las técnicas del Kupono, que es útil para aquietar emociones demasiado intensas o perturbadoras.  Esta técnica consiste, sintéticamente, en enfocar la atención en la situación que nos desbalanceó, detectar en qué parte del cuerpo sentimos la emoción o la perturbación y liberar el exceso de energía (la tensión) con ayuda de la respiración.

1) Siéntate cómodo/a, cierra los ojos, toma unas cuantas respiraciones profundas y relaja el cuerpo.
2) Piensa por unos segundos en la situación que te perturbó.
3) Identifica la parte del cuerpo que se tensiona o se activa cuando piensas en lo que ocurrió.
4) Si no puedes identificar qué parte del cuerpo se tensiona o  se activa, puedes hacer una recorrida desde los pies hasta la cabeza para notar alguna molestia o contracción.
5) Ahora, inhala con la atención en las palmas de las manos y exhala con la atención en la parte del cuerpo en donde sientes la perturbación. Respira de esta manera unas cuantas veces hasta que esa parte se relaje (aunque sea un poco).
6) Ahora, vuelve a poner la atención en la situación que te perturbó.
7) Identifica qué parte del cuerpo reacciona en este momento. Puede ser la misma parte que antes u otra diferente.
8) Vuelve a inhalar con la atención en las palmas de las manos y a exhalar con la atención en la parte del cuerpo en la que ahora sientes la tensión.
9) Puedes repetir este proceso algunas veces más, detectando en cada vuelta en qué parte específica del cuerpo sientes la perturbación. Una vez te sientas más calmado, permanece por unos minutos en estado de relajación.
10) Conecta con tu alma o espíritu, y pide guía para comprender la situación que te perturbó o para aprender algo de esa experiencia. La respuesta puede ser inmediata o puede clarificarse con el correr de los días.
Para beneficiarte con esta técnica te sugiero que:
a) la consideres como un recurso para restituir el balance cada vez que te desbalanceas;
b) tengas en cuenta que en el momento de mayor intensidad emocional suele ser difícil aplicar cualquier técnica que no tengamos ya incorporada, por lo que tendrías que practicarla todo lo que puedas, aún cuando el desbalance sea leve;
c) valores cualquier pequeño logro; el acto de valorar incrementa la efectividad.
Espero que esta técnica te ayude a restituir el balance cuando lo necesites para beneficio tuyo y de los que te rodean.
Lic. Eugenia Lerner


sábado, 23 de agosto de 2014

Símbolos y señales que traen respuestas

Me disponía a escribir esta nota y, a modo de ejemplo, buscaba alguna situación que reflejara lo que quería transmitir. Recordé un episodio personal, en el que recibí una clara señal que me ayudó a tomar una decisión importante en mi vida. No obstante, dudé en la conveniencia de revelar ese episodio, ya que nunca quise compartirlo con nadie para que conservara su poder. Con la idea de dar tiempo a que se acomodaran mis ideas, tomé el libro que estaba leyendo. La primera frase que leí fue “mantén tu diario privado”. ¡Bueno! pensé, tema resuelto: no revelaría aquel episodio y, ahora tenía esta experiencia con el libro para compartir.

Todos podemos obtener guía a través de las señales y de los símbolos. Ellos se presentan tanto desde afuera como desde nuestro interior (a través de la imaginación, los sueños, las fantasías, etc.), y tanto de manera espontánea como solicitada. Aquí me centraré en los que llegan desde afuera cuando los pedimos.

Existen muchos métodos para recibir símbolos. Aquí quiero compartir un procedimiento, particularmente efectivo, con el que puedes experimentar si lo deseas.

En primer lugar, es importante partir de una intención clara y específica: cuál es tu pregunta o respecto de qué tema esperas obtener alguna guía.

Después de definir tu intención, continúa con tus actividades y fíjate si, a lo largo del día, se presenta algo que te parezca significativo o llame tu atención. Puede ser algo que veas en algún lugar, algo que suceda, algo que escuches o algo que leas. Si se presenta más de una cosa, repara en todas ellas.

Significativo no quiere decir extraordinario o raro; quiere decir, simplemente, que te produce algún impacto o alguna sensación particular. Esta es la respuesta simbólica a tu pregunta y, a esta altura, no necesitas saber por qué te ha impactado ni qué significa. Sólo necesitas registrar la experiencia como tal. Algunas veces, el significado surge con claridad en el momento del acontecimiento, pero otras veces no es tan evidente y necesitamos develarlo.

En este caso, mi sugerencia es que, para estar libre de preconceptos, no te apresures a interpretarlos mentalmente. Deja que ellos te revelen su mensaje.

En estado de relajación, comunícate con el símbolo y pregúntale de manera directa: ¿qué representas? ¿Qué mensaje me traes? La respuesta puede venir en forma de ideas, imágenes, sensaciones o emociones, y puede tardar en clarificarse. Como los símbolos tienen múltiples significados, con el correr del tiempo, quizás descubras otros mensajes.

Desde mi punto de vista, los símbolos nos traen información valiosa y nos orientan, pero no nos conectan con verdades absolutas. Es importante tener presente que, por más que dejemos los preconceptos de lado, tenemos filtros interpretativos y resistencias que pueden interferir en nuestra comprensión.

Asimismo, es necesario recordar que la responsabilidad de elegir es siempre  nuestra, no debemos otorgarles a los símbolos esa autoridad.

Lic. Eugenia Lerner 

lunes, 7 de julio de 2014

La pregunta sagrada

Stalking Wolf (Estados Unidos 1870) fue un apache que recibió las enseñanzas tradicionales de su pueblo. Fue el mentor de Tom Brown que, a su vez, fue mi maestro.
Stalking Wolf  decía: “Todo y todos son mis maestros”. Con esto quería decir que de todo y de todos podemos extraer alguna enseñanza. Sin embargo, el aprendizaje no sucede en forma automática ni instantánea; implica una decisión y una postura ante la vida. 

Para favorecer este proceso, Stalking Wolf le transmitió a Tom una herramienta: la pregunta sagrada. Esta pregunta tiene dos partes: ¿qué ha sucedido aquí? y ¿qué es lo que esto me enseña? o, dicho de otra manera, ¿qué es lo que puedo aprender de esto?

Cuando Stalking Wolf le enseñaba a Tom a rastrear, a explorar o a sobrevivir en lugares alejados de la civilización, le formulaba constantemente la pregunta.
Si veían huellas de animales, por ejemplo, se paraban a observar, y luego el Maestro le preguntaba: ¿qué ha sucedido aquí? y a esa pregunta seguían muchas otras: ¿de qué animal es esta huella?, ¿cuál es su tamaño?, ¿es joven o viejo?, ¿macho o hembra?, ¿caminaba o corría?, ¿era perseguido, perseguía o buscaba comida?, ¿hace cuánto pasó por aquí?, etcétera, etcétera.

La mirada detenida y detallada de miles de huellas, seguida una y otra vez de la pregunta ¿qué es lo que esta huella particular me enseña? llevaron a Tom a convertirse en un gran rastreador. Tom aprendió también a rastrear, muchas otras cosas, tales como leer las señales de los acontecimientos naturales que se aproximan o leer las intenciones de alguien que se acerca.

Podemos aplicar esta pregunta en todos los contextos y situaciones de nuestra vida:
  • En un conflicto: ¿qué ha sucedido aquí?, ¿qué es lo que esto me enseña?
  • Si algo no funciona: ¿qué ha sucedido aquí?, ¿qué puedo aprender de esto?
  • Si hice algo bien: ¿qué pasó aquí?, ¿qué me permitió lograrlo?
  • Si me equivoqué: ¿qué pasó?, ¿cuál fue el error?, ¿qué me llevó a cometerlo?

Como conclusión, podemos utilizar esta pregunta para clarificar confusiones, resolver dificultades y problemas, modificar estados emocionales, mejorar nuestra comunicación e interacciones, desarrollar capacidades, reparar maquinarias, resolver cuestiones técnicas, aprender de nuestros errores, entre otras cosas.
Si dejamos ir nuestros preconceptos, y nos dedicamos a observar y a explorar el tema que tenemos por delante, nos abrimos a la intuición y tenemos paciencia, recibiremos todo tipo de respuestas. Algunas de ellas quizás nos sorprendan.

¿Por qué es sagrada esta pregunta?
Para los apaches, la pasión por aprender y evolucionar es sagrada, al igual que el compromiso de todo nuestro ser en ello (cuerpo, emoción, mente y espíritu).
Stalking Wolf, asimismo, sostenía que la conciencia es la puerta al espíritu, mientras que la pregunta sagrada es la piedra angular de la maestría.

Ahora, si quieres, puedes preguntarte: ¿qué sucedió aquí?, ¿qué me gustaría aprender de esto?
Lic. Eugenia Lerner



domingo, 29 de junio de 2014

¿Te cuesta meditar?

Hay muchas personas que dejan de meditar porque no encuentran la forma de resolver las dificultades que se les presentan. Me gustaría ofrecerte algunas sugerencias que espero te puedan ayudar a resolverlas.

Ante todo, existen muchas técnicas diferentes de meditación, de manera que si una de ellas no te resulta apropiada, te sugiero que sigas buscando hasta encontrar el método que sea adecuado para tu forma de ser y para tu estilo de vida.

La meditación puede ser en quietud o en movimiento, y la atención puede enfocarse sobre la respiración, un objeto externo, un mantra, un mandala, un sonido, la propia conciencia, etc. Elige alguna forma que te resulte agradable o, al menos, que no te genere resistencia; esa seguramente será la más apropiada para ti.

Si tienes una vida agitada y no tienes un espacio tranquilo para meditar, prueba las  meditaciones breves que pueden realizarse en cualquier lugar. (Encontrarás libros y propuestas sobre este tipo de técnicas en Internet). Quizás en otra etapa de tu vida puedas dedicarle más tiempo, en algún lugar especial.
Valora más tu intención y el hecho de practicar que los resultados que obtienes cada vez. Los resultados son fluctuantes y no dependen de nuestra voluntad.

Si te aburres de una técnica, prueba con otras.

Puedes proponerte la frecuencia y la duración de las prácticas, pero te sugiero que no lo tomes como un programa rígido para cumplir, sino como una meta flexible para alcanzar. Agradecer cada vez que meditas te motivará más que criticarte si no lo haces. De igual manera, habrá épocas en que medites y otras en que no lo hagas. La constancia se construye de a poco, la motivación va y viene como las olas. Si quieres persistir, súbete a la siguiente ola.

No esperes dejar de distraerte. Meditar consiste en mantener el foco de atención en una sola cosa. Pero como la atención naturalmente se dispersa, mantener un foco significa, en realidad, volver a enfocarse una y otra vez.

No intentes dejar la mente en blanco. La mente puede aquietarse en un estado profundo de relajación, pero no dejamos de pensar. Dejar la mente en blanco no es una técnica, es un objetivo; la técnica es la relajación. 

Una sugerencia más: relaja bien el cuerpo antes de meditar. Si te sientes muy ansioso/a o acelerado/a, haz algo antes de relajarte para bajar tu nivel de ansiedad (como caminar, cantar, ducharte, leer, escuchar música, descansar, conversar con alguien o realizar un pequeño ritual).

Por último quiero decirte, que, desde mi perspectiva, la meditación no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un estado particular de paz, de integración y de conexión espiritual. Por lo tanto, cualquier actividad que te lleve a ese estado equivale, en realidad, a meditar. 
Meditar es un vehículo, no es la meta final.

Lic. Eugenia Lerner

domingo, 22 de junio de 2014

Técnicas para el insomnio

Muchas personas tienen dificultades para dormir, ya sea porque tardan mucho tiempo en hacerlo, o bien porque se despiertan en medio de la noche y les cuesta volver a conciliar el sueño.
A algunas de estas personas les alcanza con aplicar las recomendaciones habituales, tales como no ver televisión ni conectarse con equipos electrónicos antes de dormir; no tomar café, té ni mucho líquido después de las cinco de la tarde; mantener un horario habitual de comidas y descanso; relajarse, etcétera.

A otras personas, en cambio, estas recomendaciones no les resultan del todo efectivas. Debido a ello, he explorado otros métodos que suelen ser beneficiosos para armonizar y serenar el cuerpo, la emoción y la mente, y que, por lo tanto, facilitan el descanso.

Técnica tensión-relajación
Acuéstate de espaldas y sin almohada. Mientras tomas aire, tensiona lentamente todo el cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, afloja toda la tensión al exhalar.
Haz este ejercicio unas cuantas veces.

Técnica del “shshsh”
Inhala y cada vez que exhalas, emite el sonido “shshshsh” (se puede hacer mental o vocalmente).
Si te distraes, vuelve al sonido.

Técnica de bajar el volumen
Imagina que tienes un regulador de volumen delante de tu cuerpo. El volumen 10 se ubica a la altura de tu frente y el nivel 1 debajo de tu ombligo.
Ahora imaginas que bajas muy lentamente el volumen del 10 al 1.
Puedes repetir el procedimiento varias veces, figurándote que hay una serie de reguladores ubicados a mayor o menor distancia de tu cuerpo, y que cada regulador actúa a mayor nivel de profundidad.

Técnica de viajar por el espacio
Después de relajarte, lleva tu atención al espacio que rodea tu cuerpo. Imagina que estás contenido en un globo o burbuja porosa. Inhala y exhala con la atención en esa burbuja. Cuando inhalas, la burbuja se contrae; cuando exhalas, la burbuja se expande (o al revés si te resulta mejor). Luego, imagina que la burbuja se agranda hasta abarcar  toda la habitación, y que continúa expandiéndose y contrayéndose al ritmo de tu respiración.
Al cabo de unos minutos, imagina que sales de la habitación, y vuelas o flotas hasta el cielo. Una vez en el cielo, sigues viajando  a través del Universo o te quedas flotando en él.

Puedes probar cuál de estas prácticas te resulta mejor cada día, o realizar las cuatro secuencialmente, desde la primera hasta la última. Ten presente que en algunos momentos necesitarás repetir mayor cantidad de veces cada ejercicio o toda la secuencia.

Pon el foco en realizar los ejercicios y no empujes sus resultados, ya que forzarte a dormir te puede generar tensión y es contraproducente.
Espero que estas técnicas propicien un sueño muy profundo y reparador.
Lic. Eugenia Lerner


sábado, 14 de junio de 2014

La salud y lo saludable

Hace unos años Miriam, una amiga,  enfermó de cáncer y para curarse siguió el tratamiento que su oncólogo indicó: cirugía, quimioterapia y rayos. Lo complementó con dieta saludable y meditaciones sanadoras.

Poco tiempo después de la operación, Miriam recibió un mail de Antonia, otra amiga, que decía:

Preguntarás por qué he mantenido una distancia este tiempo con vos..., y no ha sido precisamente porque quiero, sino porque TE QUIERO y porque me di cuenta de que, por ahora, estás transitando un camino de médicos y quimio que, como amiga tuya que soy, tengo que respetar aunque no lo comparta. No me canso de escuchar tantas experiencias de personas que se han curado de cáncer con distintas terapias, desde crudivorismo hasta simple terapia naturista: los caminos son infinitos. Mientras que la medicina alopática no promete nada, en la medicina natural encontrás resultados claros... Cierto que nadie tampoco se atreve a prometerlos, porque en definitiva la cuestión es interna... Está en la certeza de cada uno de querer sanar su vida, entendiendo esto como vivir de una manera saludable, tanto con relación al cuerpo como al espíritu...  
Este va a ser mi único mail al respecto de esto… 
Te mando un abrazo gigante..., y perdón si mi distancia te suena rara: yo no supe cómo manejar mejor el tener que callarme y respetar tus decisiones.

Miriam le respondió:

No comparto la idea culpógena en relación con la enfermedad; creo que eso enferma más y aumenta el estrés, pero es una manera de pensar.

Lo siento si necesitás mantener distancia porque no compartís lo que estoy haciendo; creí en realidad que no te comunicabas conmigo solo porque estabas muy ocupada.

Actualmente, son muy pocas las personas a las que estoy viendo y me apoyo mucho en ellas. Si vos sentiste que no podes acompañarme en esta que soy, hiciste bien en apartarte. Lo que necesito ahora es que quién este conmigo sienta que puede contenerme, y que yo sienta que puedo cobijarme en ella. Estoy en una ardua lucha contra lo que era mi autosuficiencia y aceptando mi vulnerabilidad.

No estoy en condiciones de lidiar con pensamientos tales de por qué una mujer que consideraba amiga se alejó de mí.

Quizás se trate de que tengamos visiones diferentes de lo que es la amistad. Quizás tener hijos más grandes que eligieron sus propios caminos me llevó a aprender a seguir al lado de los que quiero, aunque no elijan el camino que yo hubiese querido.

Simpatizo mucho con la respuesta de Miriam. Asegurar que la curación depende exclusivamente de una cuestión interna y de la propia voluntad de curarse no solo produce estrés y culpa, sino que es además incierto.

Quise compartir aquí este intercambio entre Miriam y Antonia porque observo muy a menudo este tipo de posturas entre personas que están en una búsqueda espiritual o que siguen algún camino de sanación.

Muchas veces, encontramos recursos o métodos que nos resultan útiles y nos entusiasman, y eso nos lleva a querer compartirlos con los demás. El problema surge cuando no solo deseamos compartirlos, sino que además buscamos imponerlos, en algún sentido más o menos directo, o descalificamos los métodos elegidos por la otra persona –muchas veces, incluso, sin tener los conocimientos suficientes– en un momento en que, además, el otro se siente vulnerable.

A partir de lo anterior, me gustaría aportar mi granito de arena con la esperanza de que recordemos varias cosas a la hora de intercambiar nuestras experiencias:

-  En primer lugar, existen muchos caminos de sanación, y todos ellos ayudan a curar algunas enfermedades y ayudan a algunas personas, pero ninguno de ellos resulta eficaz en todos los casos. No existe ningún sistema médico, psicológico, energético o espiritual conocido que resuelva todos nuestros padecimientos o problemas.

-  En segundo lugar, existen muchos sistemas médicos diferentes que se sustentan en diferentes teorías sobre la cura y la enfermedad. Dentro de la rama de la medicina, las más conocidas son la alopatía (con todas sus especialidades), los enfoques psicosomáticos, la homeopatía, la antroposofía, el naturismo y las medicinas no occidentales, de orígenes diversos (tales como el Ayurveda, la medicina tradicional China y el Chamanismo).
Si bien estos sistemas son muy diferentes entre sí, podemos mencionar algunos de los factores –aunque estos no sean compartidos  por todos y cada uno de los sistemas antes mencionados– que son estudiados como causas de la enfermedad. Estos factores son: genéticos, infecciosos, defectos constitucionales, deficiencias inmunitarias, sensibilidad a sustancias, intoxicación por sustancias, desequilibrios químicos y físicos, desbalance de los elementos, desbalances energéticos, emocionales o mentales, problemas vinculados con la nutrición, etcétera.
Entre los sistemas de medicina no occidental encontramos también otros factores: temas no resueltos de vidas pasadas, lecciones que venimos a aprender a través de la enfermedad, herencia de patrones ancestrales, influencias espirituales de diversa índole, desconexión con aspectos del alma, y muchos otros más.
De manera que, cuando aseguramos que alguien puede curarse a través de su propia voluntad o utilizando un método en particular, estamos asegurando también que conocemos a ciencia cierta cuáles son los mecanismos o las causas de su enfermedad.

- En tercer lugar, existen además muchos otros métodos y técnicas que pueden ser beneficiosas para la salud, tales como las técnicas de meditación, de relajación y de respiración; diversas formas de movilizar la energía; distintos tipos de masajes; métodos variados de terapias corporales; distintas técnicas de movimiento y actividad física, etcétera.
Nuevamente, cada uno de estos métodos y técnicas son apropiados para algunas personas y no tanto para otras. Hay personas, por ejemplo, que se sienten muy a gusto con los masajes y otras que no. De acuerdo con la personalidad y con el temperamento, puede ser más compatible la meditación sentada o la meditación en movimiento, y en otros casos técnicas más dinámicas, como el canto, la danza y otras expresiones artísticas.

-  En cuarto lugar –y esto es fundamental–, a través de la observación detenida de muchos casos, podemos afirmar que existe gente pesimista respecto de su posibilidad de curarse que, no obstante, se cura, y que existe  gente optimista respecto de sus posibilidades que no lo logra. Digo una observación detenida, porque solemos prestar más atención a aquellos casos que confirman nuestras ideas y teorías, y no nos damos tanta cuenta o descartarmos aquellos que no concuerdan con ellas.

-  Por último, dado que no hay ninguna certeza absoluta respecto de lo que nos ayudará, muchas veces necesitamos probar diferentes sistemas hasta encontrar el sistema o los sistemas que nos benefician. En este proceso, la intuición y la convicción personal juegan un rol muy importante a la hora de guiarnos y elegir lo que nos servirá.

Antes de finalizar quiero dar un ejemplo que me parece muy ilustrativo sobre los dogmas en relación con la enfermedad. Hasta hace algunas décadas, se consideraba que la úlcera péptica era, sin lugar a dudas, una enfermedad estrictamente psicosomática. Hoy en día, se sabe que estas úlceras pueden deberse a muchos factores. Uno de los más habituales es la proliferación de unas bacterias llamadas helicobacter pylori. De manera que este tipo de úlceras actualmente se curan con antibióticos. El hecho es que, una vez producida la cura, la mejoría suele mantenerse, aun cuando las condiciones psicosomáticas del paciente no varíen sustancialmente.

Para finalizar, quiero agradecer a Miriam y a Antonia que me permitieron tener presente que todos tenemos una partecita de Antonia en nuestro interior, porque en nuestro afán de ayudar, a veces nos volvemos algo arrogantes o dogmáticos.  
Desde mi perspectiva, para cada padecimiento hay diferentes enfoques posibles, no todo depende de una sola variable ni tampoco hay una solución universal.

Tal como recomendaba el médico griego Hipócrates, padre de la medicina Occidental, lo primero es no dañar.

Lic. Eugenia Lerner 

domingo, 8 de junio de 2014

Aladino recargado

Hace un tiempo me encontré con Ana; hacía muchísimos años que no la veía. Mientras conversaba con ella, recordé que de niña estaba fascinada con el cuento “Aladino y la lámpara maravillosa". Después de ponernos al día, le comenté acerca de su pasión por Aladino, entonces ella hizo un breve silencio y me contó su historia.
“Durante toda mi juventud estuve buscando algo como el genio de la lámpara para que hiciera realidad mis sueños. Lo busqué en la religión, pero allí no lo encontré. Luego intenté con el budismo. En ambos me alentaban a trascender mis deseos terrenales para poder acceder así al gran deseo. Lo intenté, pero no pude renunciar a mis propios deseos ni conformarme con el desapego.

Pensaba que todo estaba perdido, hasta que encontré un gurú que decía que todos nuestros deseos se pueden realizar si confiamos lo suficiente. De más está decirte que me aboqué intensamente a cultivar mi confianza y mi optimismo: pedí una nueva casa, y sentirme feliz con mi trabajo y mi familia. Yo realmente me sentía optimista y confiada. Pero aunque trabajé y trabajé con la confianza, no hubo mucho cambio, y yo me sentí cada vez más frustrada. Pensé que no estaría haciendo las cosas bien, ya que según el gurú la intensidad del deseo es como la lámpara mágica que los materializa en la realidad.
Así que, con esa sensación de fracaso me aparté también del gurú y de sus promesas.

Estaba por darme por vencida cuando encontré otro maestro. Con este aprendí que los deseos son como un auto con el motor encendido y lleno de combustible. Son necesarios, pero no suficientes. El auto no marcha solo, necesita que un conductor haga las maniobras necesarias, esté atento y decida. Lleva tiempo y trabajo llegar a destino. Necesitamos recargarnos de combustible, volver a motivarnos cada vez que nuestra fuerza se debilita, y reparar las averías que se producen al andar, sanar emociones, cambiar nuestras creencias o perspectivas.
Me enseñó, además, que cuando sostenemos un deseo o una intención nuestro espíritu nos ayuda y nos guía. Nos sugiere acciones por seguir y caminos nuevos por explorar, que no siempre son los de mayor comodidad. Me dijo también que algunos de estos caminos parecen no conducirnos adonde queremos llegar, pero a través de ellos adquirimos la experiencia necesaria para poder vivir y disfrutar en el nuevo lugar.

Hoy veo lo que aprendí en cada etapa. La religión me acercó a lo espiritual,  el budismo a la meditación y a la capacidad de renunciar y el gurú a la confianza. Con el maestro encontré una lámpara que ayuda a construir los sueños. Todo consiste en un proceso: desear, pedir inspiración, escuchar la guía, accionar, cambiar preconceptos, probar alternativas, aprender, sanar y recargarse cada tanto de energía.

Comprendí que hay distintas lámparas en diferentes caminos,  y que primero ayúdate y luego Dios te ayudará.
Lic. Eugenia Lerner


lunes, 2 de junio de 2014

El tiempo que llevan las cosas

J.T. Garret, en su libro La medicina de los Cherokees. La vía de las buenas relaciones, expresa de esta manera la actitud de los nativos americanos en relación con el tiempo: “La Madre Tierra tiene sus propios y particulares ritmos, que señalan el comienzo y el fin de las cosas. El llamado ‘Tiempo Indio’ dice que las cosas comienzan cuando están listas y concluyen cuando están terminadas”.

En la Antigua Grecia –cuna de nuestra cultura occidental– existían dos dioses que representaban dos aspectos diferentes del tiempo: Cronos y Kairós. Cronos era el tiempo reloj, el que se podía medir (de allí se deriva el término cronológico) mientras que Kairós, era el tiempo indeterminado que se refería al momento adecuado u oportuno para las cosas. De esta manera, Kairós era muy semejante al Tiempo Indio.

En el siglo XX, nació un nuevo concepto de tiempo, al que llamaré Supercronos. Sus padres  fueron Ciencia y Tecnología. Supercronos recibió todo tipo de alimentos y atenciones: uno de sus nutrientes favoritos fueron los bytes, los megas y las gigas. De este modo, adquirió muchos poderes. Con ellos, creó la Informática e Internet y transformó la industria, la producción agrícola, los medios de comunicación y de transporte, y muchas cosas más.

Como todos sabemos Supercronos es un dios muy venerado hoy en día, principalmente porque tuvo muchos “hijos” que se ocuparon de acelerar y aliviar nuestro trabajo. Todos conocemos a algunos de ellos, tales como la computadora, Internet, los robots, la fast-food y el supermercado.
Supercronos no quiso ocasionarnos problemas, solo quiso ayudarnos a lograr mejores cosas en menor tiempo. Sin embargo, nuestra pasión por él llegó a ser tan desmedida que nos hizo olvidar –a veces hasta rechazar– a sus compañeros inseparables, Cronos y Kairós.

Por eso hoy, algunas personas esperan que una profunda herida de amor se sane en unos pocos días. Otras, que no haya filas de espera en ningún lado. Otras, ser expertas en algo en brevísimo tiempo, y también están las que se decepcionan si su proyecto o negocio no prospera a las pocas semanas de iniciado.

Nosotros podemos erigir a Supercronos a la categoría de dios supremo, pero Cronos y Kairós siguen existiendo. Cronos como el tiempo reloj de las cosas y Kairós como el más humano de los tiempos.
Lic. Eugenia Lerner


jueves, 29 de mayo de 2014

Acerca de la misión del alma

Edgar Cayce, el psíquico norteamericano más prominente del siglo XX, se sintió reticente a asumir su misión. Le llevó varios años reconocerse como psíquico y solo se aceptó cuando comprobó la veracidad de sus lecturas psíquicas y cómo ellas beneficiaban a los demás.
El ejemplo de Cayce muestra algo muy habitual: la misión del alma se despliega a través de la vida y no suele ser clara desde el comienzo. 

Algunos buscadores espirituales esperan que su misión les sea revelada con precisión al inicio de su búsqueda. Creen que una vez conocida, las circunstancias les serán propicias y que, si están alineados con la misión, el éxito y las habilidades necesarias se manifestarán con facilidad. Nada más alejado de lo que podemos observar en la vida.
La misión –como hemos dicho– no siempre resulta clara, las circunstancias no siempre son propicias, el éxito puede pasar desapercibido y las habilidades necesarias para cumplirla no siempre fluyen con naturalidad.
Para sostener lo afirmado, puedo citar algunos ejemplos. El filósofo griego Demóstenes tuvo que vencer grandes dificultades de dicción antes de convertirse en un gran orador. El célebre pintor Vincent Van Gogh no vendió un solo cuadro en su vida. El médico húngaro Ignacio Semmelweis nunca fue reconocido como pionero en la prevención de las infecciones del parto, a pesar de haber salvado a muchas mujeres.

En medio de toda esta incertidumbre, ¿cómo podemos entonces satisfacer los dictados del alma?
Si bien no existe una fórmula y cada persona tiene su propio camino, me gustaría compartir algunas ideas que espero puedan ayudar.
En primer lugar, quiero sugerir que no desesperemos en esta búsqueda. Nuestra misión central se cumplirá, de alguna manera, ya que nuestro espíritu (la Fuerza vital y creadora) se encargará de que así sea. Esta es una de sus funciones, más allá de nuestra consciencia.
En segundo lugar, la misión trasciende lo individual y es nuestra forma personal de contribuir con el Todo. Por diferentes motivos, esa contribución puede pasar inadvertida, pero siempre tiene valor, porque es como un eslabón necesario en alguna cadena.
Asimismo, tal como un argumento puede contarse de diversas maneras, la misión puede ser expresada de diferentes formas. En este sentido, no se trata tanto de un enigma que se descifrará, sino de una vida que se construirá con la materia prima de las circunstancias, el estilo personal y la motivación interna de los anhelos del alma.

Para finalizar, quiero decir que solo podemos caminar la misión paso a paso, de manera que nuestra tarea es elegir y dar un sentido al siguiente paso. El alma nos guía siempre, el susurro de su voz está presente en cada tramo.
Lic. Eugenia Lerner

domingo, 25 de mayo de 2014

Huna: el camino del Pacificador

Huna es una palabra hawaiana que quiere decir, entre otras cosas, ‘oculto’, en el sentido de algo que no se puede ver o comprender a simple vista.
El Huna es un sistema de vida y un camino psicoespiritual de aplicación universal que se basa en una cosmovisión particular, una filosofía práctica de la vida, una psicología muy útil y algunos métodos efectivos para acceder a la dimensión espiritual.
En futuras notas abordaré diferentes aspectos de este sistema. Aquí quiero referirme a su sustento: el paradigma del pacificador.
Para lidiar con las vicisitudes de la vida, existen básicamente dos caminos: el del guerrero y el del pacificador. El del guerrero –el más utilizado y difundido– es un camino de lucha contra todo lo que se interpone en el paso: ideas adversas, enfermedades, estados de ánimo indeseados, etcétera.
Todos sabemos que, en nuestra cultura, la reacción habitual y automática frente a los obstáculos y los conflictos –ya sean internos o externos– es la de luchar. Luchamos con aspectos de nosotros mismos, de la misma manera que luchamos con otros. Nos peleamos, por ejemplo, con nuestro desgano o con los requerimientos de los demás. En el paradigma del guerrero la motivación está puesta en vencer al adversario.
En el camino del pacificador, en cambio, la consciencia y la acción se dirigen hacia lo que se quiere generar. Así, por ejemplo, se energizan las ideas adecuadas, se pone el acento en lo que favorece la salud y se incentiva lo que nos armoniza. Este enfoque sostiene, además, que los medios que utilizamos para lograr las metas influyen en los resultados. Por ello, busca resolver los conflictos lo más pacíficamente posible.
El camino del pacificador, en consecuencia, propone considerar y contemplar lo más posible a las dos partes. Esto es buscar opciones que puedan satisfacer–aunque más no sea parcialmente o a lo largo del tiempo– a ambas: por ejemplo, tener en cuenta el desgano y la necesidad de hacer, dando pasos a un ritmo posible; satisfacer algún aspecto de lo que el otro requiere, sin dejar de tener en cuenta el estilo personal o los propios valores. La motivación aquí es buscar que ambas partes ganen algo.
Esta modalidad implica superar la reacción automática inicial que aspira a eludir las dificultades y a lograr la mayor satisfacción inmediata posible.
Volviendo al comienzo y a modo de síntesis, Huna es lo que no se puede ver a simple vista: las reacciones automáticas guerreras satisfacen o evitan algo en lo inmediato, pero no sientan las bases para una satisfacción más duradera.
Lo que no se ve a simple vista de la actitud pacificadora es que, más allá de lo inmediato, construye bases más armoniosas que posibilitan satisfacciones más sustentables para beneficio propio y de todos los que nos rodean.

Lic. Eugenia Lerner

sábado, 22 de marzo de 2014

No apaga la luz

Dora, a quien conozco desde hace un tiempo, me comentó el otro día que tenía muchos y variados problemas de convivencia con su hija de veintitantos años, y que ya no sabía cómo resolverlos. Me contó varias de sus situaciones problemáticas, de diversa índole y magnitud. Una de ellas llamó particularmente mi atención no tanto por su gravedad, sino porque la consideré más abordable y más posible de resolver en lo inmediato. En mi criterio, abría también la posibilidad de un camino inicial para seguir.

La situación en cuestión es que Mara, su hija, se acuesta tarde a la noche y, mientras deambula por la casa, enciende la luz del pasillo que da al dormitorio de Dora. ¿Cuál es el problema? La puerta de su cuarto tiene una rendija por la que se cuela la luz, que le llega directo a los ojos. Como la hija además hace ruido, la madre se despierta y luego, debido a que la luz le molesta, no puede volver a dormir con facilidad.

Obviamente Dora ya le pidió de diversas maneras, en diferentes tonos y con distintos argumentos que no la dejara encendida, pero hasta el momento, no logró que su hija la apague. Frente a los reiterados reproches de la madre, Mara simplemente le contestaba: “Ah…, sí…, no me di cuenta” o “Me quedé dormida”. Siempre ese tipo de cosas.

Dora, además de estar cansada porque no dormía bien, estaba muy enojada porque no lograba siquiera que la hija tuviera en cuenta cuánto la perturbaba toda esa situación, y respondiera a ese mínimo pedido de cuidado hacia su persona y hacia su casa.

Cuando le consulté si quería que pensáramos en alguna opción para atenuar el problema, se mostró interesada, por lo que le pregunté: “¿Si el problema de la luz se resolviera, más allá de que Mara no la apague por ahora, te sentirías mejor?”. “Sí, claro”, respondió perpleja. “Entonces, te sugiero que uses un antifaz para dormir. Esto no resuelve la cuestión de fondo con tu hija, pero sí resuelve algo fundamental, tu descanso”. Su primera reacción fue de rechazo, puesto que consideraba lógico y razonable esperar que la hija hiciera algo tan simple como apagar la luz. Después, me dijo que ella no quería ceder y pensaba que eso, en realidad, no resolvía el verdadero problema. Además, a ella le molestan mucho los antifaces.

Estuve de acuerdo respecto de que mi sugerencia no resolvería la cuestión con su hija, pero le dije que, en mi opinión, sí podría resolver una de las consecuencias: la de su cansancio por falta de sueño. Le dije también que me parecía que hasta que encontrara la manera de resolver las dificultades con ella, bien podía dedicarse a resolver las cosas que estuvieran más en sus manos. Eso no sería ceder, puesto que ser más efectiva y no quedar a merced de esta situación no solo la empoderaba a ella, sino que también era un buen ejemplo para su hija de cómo no quedar sometida a algo que la afectaba.

Después de meditarlo unos minutos, me dijo que pensado así le parecía bien, pero que como los antifaces le molestaban, la solución sería cambiar la lamparita del pasillo por una azul de baja intensidad.

Lo que le sucede a Dora nos sucede a muchos. Cuando queremos resolver un problema complejo y se nos dificulta, surgen enojos, frustraciones e impotencia. Si, en cambio, estamos dispuestos a avanzar por tramos, enfocando los aspectos que podemos solucionar, por mínimos que sean, nos empoderamos y nuestro estado emocional mejora. Esto generalmente nos da, al menos, la fuerza, la energía y la creatividad necesarias para dar el siguiente paso.
Lic. Eugenia Lerner 


lunes, 17 de marzo de 2014

Persistir a pesar de la inconstancia

Hace unos meses, Silvia inició un tratamiento. En el primer encuentro, después de hablar de distintos temas, ella dijo que, en definitiva, lo que le pasaba era que estaba bloqueada y se sentía muy insatisfecha consigo misma y con su vida en general.
Mencionó que desde hacía mucho tiempo no podía avanzar, ni mantener o concluir lo que se proponía y que, a lo largo de sus cuarenta años, había comenzado una serie de cursos y proyectos diferentes, que siempre había dejado al poco tiempo.
A esa altura, no solo estaba frustrada porque no había terminado nada de lo que había empezado, sino porque creía, además, que su inconstancia no tenía remedio.

Después de una serie de entrevistas, había llegado el momento, a mi criterio, de definir en qué dirección quería o necesitaba avanzar en el presente. Para ello, le dije que sería útil establecer un objetivo concreto y acotado con el que pudiéramos trabajar en esa etapa.
No resultó fácil definir una meta específica puesto que ella quería que cambiara todo. Además, según decía, no sabía o no podía reconocer por dónde empezar (o, más bien, descartaba lo que se le ocurría por diferentes motivos). Le costaba, entonces, asumirse como posible hacedora de algún cambio.

De acuerdo con el diccionario, constancia quiere decir firmeza y perseverancia en las resoluciones, en los propósitos o en las acciones.

En relación con su anhelo de que todo cambiara, cualquier cosa que no fuera todo le parecía poco significativa, realmente no la motivaba, o bien dudaba de que fuera verdaderamente capaz de emprenderla.
En medio de esa gran dificultad, contábamos con algo a favor: su gran honestidad para expresar lo que pensaba y sentía en cada momento.

No viene al caso extenderme aquí en la cuestión de cómo finalmente logramos llegar a definir una meta acotada. Solo diré que tuvimos que remar en contra de la corriente de sus no y de sus peros. Si a pesar de esto pudimos acordar una meta específica, fue porque logré convencerla de tomar ese proceso a título de experimento, aprendizaje o posibilidad de investigar dónde estaba el bloqueo. Y por sobre todas las cosas, aceptó –al menos conceptualmente– el argumento de que nadie puede hacer todos los cambios que necesita al mismo tiempo. Así como un levantador de pesar comienza con una pesa de pocos kilos para entrenar, ella necesitaba comenzar con un objetivo pequeño para revisar sus bloqueos, entrenarse en algo nuevo, y ensayar abordajes que le resultaran más efectivos.
Fue así como eligió su objetivo inicial: salir a correr tres veces por semana.

A la sesión siguiente (dos semanas después de haber elegido el objetivo), comentó apesadumbrada que había intentado seguir un programa de entrenamiento que había visto en una página de Internet, pero que no había podido cumplirlo.
El programa decía que había que correr quince minutos la primera vez y luego ir sumando cinco minutos por día hasta llegar a media hora. Ella solo había logrado correr cinco minutos un día y cinco minutos otro día, y luego no corrió más por varios motivos: por una parte, se desmoralizó porque no solo no pudo correr los quince minutos estipulados, sino que además no logró sumar minutos la segunda vez. Por otra parte, el impulso inicial se desvaneció (como le suele ocurrir): ella no logró superar el desgano y, para completar, tuvo algunas complicaciones en el trabajo.

Le propuse, entre otras cosas, que siguiera un programa de entrenamiento más flexible y posible para ella. Inicialmente, no estuvo de acuerdo y argumentó que el que había visto era bueno y que se suponía que cualquiera podría hacerlo. Yo no puse en duda que fuera bueno, pero sí que cualquiera pudiera hacerlo; de hecho ella no había podido y probablemente mucha otra gente tampoco lo hubiera podido hacer.
Después de una especie de negociación, aceptó probar el programa que yo le proponía a partir de su experiencia real: correr cinco minutos por vez la primera semana y siete minutos por vez la segunda.

Dos semanas después llegó nuevamente apesadumbrada: sólo había logrado correr tres veces la primera semana, pero no había corrido ni una sola vez la segunda.
Después de valorar lo que sí había logrado, esto es, correr tres veces la primera semana, le propuse aceptar que correría todo lo posible. De manera, que ahora el objetivo sería correr la cantidad de minutos que le permitiera su estado físico, de ser posible tres veces por semana, y retomar el ejercicio cada vez que por algún motivo lo hubiera interrumpido.
Obviamente, este no es el entrenamiento deseable para un deportista, pero como ella no aspiraba a serlo, era el entrenamiento posible para ella en ese momento.

La última vez que la vi, había corrido algunas veces y había logrado, también, retomar la práctica después de algunos días en que la había tenido que interrumpir.
Si bien no estaba conforme, se sentía un poco mejor y empezaba a reconocer que era mejor plantearse las cosas de esa manera y partir de lo que era realmente factible para ella en ese momento que tratar de seguir forzando algo que no podía hacer. Mantener expectativas poco realistas respecto de como tenía que ejercitarse volverían a bloquearla, mientras que adecuar las expectativas a su propio proceso le permitiría, en cambio, sostener su objetivo y eventualmente, con el tiempo, mejorar su hábito y avanzar aún más.

Lo que le ocurre a Silvia no es infrecuente. En mi experiencia veo que nos sucede a muchos con algunas de las cosas que queremos lograr o que necesitamos hacer.
Generalmente, asociamos firmeza y perseverancia con mantener lo emprendido en forma ininterrumpida, sin dudas, y sin idas y vueltas. Si lo podemos hacer de esta manera, fantástico, pero, como sabemos, usualmente no ocurre así con las cosas que más nos cuestan o solo es así con algunas cosas.

Desde mi punto de vista, podemos ser perseverantes también, a pesar de las dudas y de las discontinuidades. Volver a decidir lo mismo después de vacilar –elegir otra vez un propósito después de desistir y retomar una acción después de haberla interrumpido– es también una forma de perseverar. Más aún, para la mayoría de nosotros, es quizás la única forma de perseverar respecto de todas esas cosas que nos cuesta emprender o respecto de las que experimentamos mucha inercia. Esto se nos complica cuando queremos todo y lo queremos ya. Se nos facilita cuando vamos paso a paso y toleramos el proceso personal, con sus vicisitudes y aprendizajes, junto con el tiempo que nos demanda la construcción de los hábitos necesarios para alcanzar nuestras metas.

En síntesis, podemos perseverar a pesar de nuestra inconstancia cuando nos mantenemos atentos a nuestro proceso, reconocemos con honestidad lo que nos pasa, revisamos nuestros criterios, y tenemos expectativas y actitudes flexibles para explorar y seguir adelante.
Lic. Eugenia Lerner