lunes, 25 de noviembre de 2013

Kuleana: un hermoso concepto hawaiano

KULEANA
Escrito por: Diane Kamaolipua Grace
Traducción del inglés: Eugenia Lerner

Definición de Kuleana: "Derecho, privilegio, preocupación, responsabilidad, título, negocio, propiedad, estado, porción, jurisdicción, autoridad, responsabilidad, interés, reclamar,  propiedad , tenencia , asunto, provincia , razón, causa, función, justificación ........ " Diccionario de Hawai - MK Pukui y S.H. Elbert.
La lengua de mi kupuna (antepasado, abuelo, pariente o amigo cercano) es un crisol de significados. A diferencia del idioma Inglés, el idioma hawaiano puede decir muchas cosas diferentes en una sola palabra. La palabra KULEANA , como se señala en el diccionario hawaiano puede significar derecho, privilegio, interés, responsabilidad, etc. Pero, para mí, como un maoli kanaka (persona nativa) KULEANA no es sólo una palabra que quiere decir responsabilidad, sino que es más profunda y más rica que lo que el idioma Inglés puede expresar. Se habla de un valor, una forma de pensar.

Este es un ejemplo de lo que kuleana significa para mí. "Es mi kuleana enseñar a mis hijos y nietos su cultura nativa y los valores y creencias de nuestra familia." Si yo interiorizo esta declaración y estoy de acuerdo con que como makua y kupuna (madre y abuela), mi responsabilidad es la de enseñar a mis hijos y mis nietos nuestra cultura, nuestros valores y las creencias de mi familia, esto se convierte entonces en un objetivo, una misión, un deber. Pero, si a esta declaración le añado el significado adicional de PRIVILEGIO, la perspectiva cambia a: "cuán honrado soy por tener esta responsabilidad de compartir mis conocimientos, historias y pensamientos con mis hijos y mis nietos."
Este significado adicional a la palabra, le permite a uno pensar realmente acerca de lo que está haciendo, cómo lo está haciendo, y expresar la gratitud que a veces nos falta cuando asumimos una responsabilidad.

Cuando se le de una tarea o responsabilidad, ajuste su perspectiva para incluir el privilegio, la tarea tendrá entonces un nuevo significado, que será KULEANA.

Hoy en día y para la próxima semana, ¿cuál es tu KULEANA? Vive cada día preguntando: ¿Es ésta mi responsabilidad? ¿Y cómo soy privilegiado por tener esta responsabilidad? ¿Cuál es tu KULEANA?

miércoles, 18 de septiembre de 2013

martes, 10 de septiembre de 2013

Fluir y no fluir

Hace un tiempo Ana,  una conocida, me comentó que estaba contrariada porque no lograba concretar el alquiler de un departamento que le había gustado. En las semanas previas, había visitado cuatro o cinco, y ese era el único que le había parecido apropiado. Después de que ella había dejado la seña correspondiente para reservarlo, la inmobiliaria organizó una reunión con el dueño de la propiedad para acordar los términos del contrato, pero no le fue bien allí. No sólo no logró ponerse de acuerdo respecto de algunas de sus cláusulas, sino que además pasó un mal momento debido a que el dueño mostraba mala onda. Según me dijo, todo esto la llevó a pensar que, quizás, estas fueran señales de que no debía mudarse en este momento, ya que las cosas no fluían en esa dirección.

A mi criterio, este ejemplo –como muchos otros que podría dar– muestra la confusión que existe en torno a la idea de fluir, y las decisiones desacertadas que muchas veces se toman a raíz de ello.

Cuando un barco se dirige hacia su destino, si el mar está calmo, el navío funciona bien y la tripulación es eficiente, todo transcurre con fluidez. Pero si hay tormenta, alguna avería o algún error humano, quien está al mando no espera que la embarcación siga fluyendo, ya que de seguir navegando en condiciones inapropiadas, probablemente no llegaría bien a puerto. Se dedica, más bien, a hacer las correcciones necesarias para mantener el rumbo, reparar las averías o el error.

Navegar nuestra vida es aún más complejo que esto, puesto que hay muchísimas circunstancias internas y externas presentes en cada momento del camino. No hay ninguna matemática conocida que sea precisa para arribar exactamente al lugar deseado, en el menor tiempo posible y con el menor esfuerzo.

De todas maneras, podemos decir que cuando las circunstancias son propicias, estamos preparados y tenemos las habilidades necesarias, es más factible fluir hacia la meta. Pero si no fluimos, ¿eso indica que debemos abandonar el intento?

Si algo no fluye, no quiere decir necesariamente que estemos mal encaminados. Puede querer decir que se requiere más tiempo, más ingenio, más capacitación, más paciencia, para alcanzarlo; o bien que deberemos reformular nuestras metas, nuestras expectativas y aprender de la experiencia.

Me parece que fluir no es el indicador básico de que estamos bien encaminados, de la misma manera que no fluir tampoco señala que estamos desacertados. Fluir y no fluir son momentos del proceso, van y vienen como la marea, y dependen de un sinnúmero de variables, algunas de ellas misteriosas. Sólo basta ver algunos ejemplos de la historia de la humanidad para ubicarnos en este tema con la perspectiva adecuada.

Nicolás Copérnico (1473-1543) pasó cerca de veinticinco años trabajando en el desarrollo de su modelo heliocéntrico del universo. En aquella época le resultó difícil que los científicos lo aceptaran, ya que este modelo suponía una auténtica revolución.

Vincent Van Gogh (1853-1890) fue uno de los principales exponentes de la pintura postimpresionista. No vendió ningún cuadro en el transcurso de su vida, y la calidad de su obra fue reconocida después de su muerte.

George Lucas (1944) padeció mientras escribía el guión de la saga Star Wars. Fue una de las cosas más difíciles de su vida. Incluso, su proyecto fue rechazado por muchos estudios, hasta que finalmente logró que lo aceptaran.

No es necesario, sin embargo, remitirnos a las grandes personalidades para constatar que no todo lo que no fluye en la vida va por mal camino. Basta con conocer la historia de las personas que nos rodean para constatarlo. Podemos ver ejemplos de esto en nuestra cotidianidad.

Cuando aceptamos que la marea va y viene –el flujo y el reflujo– como parte del proceso, dejamos de resistir los obstáculos y los esfuerzos, y aprendemos de cada momento. Es entonces cuando sentimos que un contrato frenado, como el de Ana, o una tormenta en el mar, no son señales de que no debemos continuar, sino de que estamos navegando.

De manera que, si estás con deseos de mudarte –sea de casa, de actividad, de trabajo o de manera de ser–, más que poner el énfasis y la expectativa en fluir, sugiero que la pongas en mantener viva tu motivación, desarrollar los recursos necesarios y darle el tiempo que requiera la concreción de tu deseo.

Lic. Eugenia Lerner 

jueves, 25 de julio de 2013

¿Otra vez lo mismo?

Hace unos días me encontré con Norma –una vecina a la que conozco desde hace muchos años– y la vi muy alterada. Me contó que había pasado por un mal momento, debido a que habían vuelto a robarle la cartera en el tren. Y dijo que habían vuelto a robarle, porque este tipo de cosas le sucedían con bastante frecuencia. Le sustrajeron varias veces el celular, otras veces la billetera, y otras veces más de una cosa al mismo tiempo. Pero esta vez fue total: le robaron toda la cartera.

Después de escucharla y lamentar lo que le había pasado, se me ocurrió preguntarle si ella tomaba algún tipo de recaudo para que esto no le pasara tan seguido. Su respuesta fue: “Es terrible, me cortaron la correa y yo no me di cuenta. El tren iba muy lleno. Estábamos todos apretujados. Pero ¡cómo no me di cuenta!".
Le dije que la entendía, porque lamentablemente los carteristas tienen la habilidad de sustraer cosas sin que uno se dé cuenta. Y, como en realidad todavía no había respondido a mi pregunta, fui más explícita y le pedí que me contara dónde ponía ella su cartera cuando viajaba, y cómo la llevaba en esta última ocasión. Me dijo que siempre la usaba colgada del hombro y al costado del cuerpo. En ese momento sospeché que Norma no sólo tenía mala suerte, sino que, además, no había aprendido de la experiencia.

Aunque muchas personas podrían pensar que este es un ejemplo atípico –ya que la mayoría de la gente toma medidas preventivas en este tipo de situaciones–, a mí me parece, en cambio, que es uno típico –más allá de la anécdota–, en el sentido de que refleja algo que nos puede suceder a todos. Este caso ilustra, en mi opinión, cómo muchas veces nos resulta difícil responder de manera diferente, a las situaciones que se repiten una y otra vez.

Cuando Norma me contó cómo llevaba la cartera, le dije que me parecía más seguro que la llevara asegurada con el brazo, por delante de su cuerpo. Pero no me prestó mucha atención. Seguía diciendo: “¡Cómo no me di cuenta! ¡Cómo no me di cuenta!”.

Hete aquí, quizás, una de las claves para comprender lo que no nos ayuda a evitar que las situaciones se repitan. Norma seguía aferrada a su expectativa de darse cuenta si le robaban y consideraba que su error consistía en no haberse dado cuenta.
Yo, en cambio, considero que su error consistía en no partir de la base de que podían robarle, y actuar en consecuencia. Es decir que conservaba dicha expectativa a pesar de haber notado, una y otra vez, que no se percataba cuando un pillo metía mano en su cartera.

En mi opinión, esta actitud es semejante a la de esperar que alguien que no suele cumplir con su palabra la cumpla, o que alguien que no se comporta de manera responsable se comporte responsablemente. Si bien es cierto que la gente no siempre procede de la misma manera  –y también, que la gente puede cambiar–, me parece que es más aconsejable partir de lo que observamos y no de nuestra idea de cómo deberían o podrían ser las cosas.

Conozco a muchas personas –inclusive a mi me ha pasado– que, como Norma, sigue atascada año tras año en patrones de interacción a la espera de que el otro haga lo que se supone debería hacer, o de que la situación sea como tendría que ser o como uno desearía que fuera.
Cuando tomamos nota de cómo son las cosas al presente y nos preguntamos qué podemos o qué queremos hacer al respecto, tenemos más posibilidades de aprender de la experiencia y de ser más efectivos en la solución de nuestros problemas.

Entonces, ¿por qué no hacemos esto más seguido? Me parece que, al menos, por tres motivos relacionados:

1- Porque no tenemos el hábito de identificar cuáles son nuestras expectativas.
2- Porque una vez que las identificamos, no siempre estamos dispuestos a modificarlas o a renunciar a ellas.
3- Porque cuando modificamos una expectativa, se nos hace luego más evidente que hay otras cosas que también necesitamos cambiar, si no nos queremos exponer a que una situación se reitere.

Si Norma identificara su expectativa de darse cuenta y estuviera dispuesta a reconocer que cada vez que se sube a un transporte público corre el riesgo de que haya un carterista, tendría que cambiar, también, su forma de usar la cartera.

Si alguien nos da su palabra reiteradas veces y no la cumple, cada vez que nos dé su palabra necesitaremos recordar que puede ser que no la cumpla. Esto puede enfrentarnos obviamente a algunas desilusiones. Implica, también, asumir la responsabilidad de capitalizar nuestra experiencia y de actuar en consecuencia.

Lo mismo podría decirse cuando un adulto –y no estoy hablando aquí de temas vinculados con la educación de nuestros hijos– ha demostrado reiteradas veces que no se ha hecho responsable de algo. Necesitaremos reconocerlo, procesar todo lo que eso nos genera, y elegir el camino para seguir, partiendo de la base de que esa persona probablemente seguirá comportándose de la misma manera.

Aunque indudablemente este es el camino más arduo, es también el camino que más nos ayuda a no tropezar siempre con la misma piedra y a crecer. 

Lic. Eugenia Lerner


lunes, 24 de junio de 2013

Quitá esa foto

Hace algunas semanas anuncié un taller en mi página de Facebook. Subí el texto con una imagen, cuidadosamente seleccionada para esa ocasión.
Días después recibí el siguiente mensaje:

"Hola, hay algo en esta foto que me molesta. Podrías quitarla, por favor? Gracias".

Debo confesar que algunas cosas exceden mi imaginación: nunca se me hubiera ocurrido que alguien pudiera solicitarme algo así. Lo que no quiero confesar es todo lo que se cruzó por mi mente en ese momento, y el torbellino emocional que suscitó. Había muchos supuestos y atribuciones implícitas en ese pedido. Si bien el hecho en sí carecía de importancia, era un ejemplo (dentro de los muchos que podemos encontrar) de criterios y demandas desubicadas expresadas por algunas personas en relación con los demás.

Debía idear una estrategia de respuesta. ¿Ignorar el pedido? ¿Contestar alguna bajeza? ¿Dar una breve lección sobre moral y buenas costumbres? ¿Apelar a cuestiones sobre derechos individuales o reglas establecidas para el uso de Internet? Nada de eso me convencía demasiado. No quería ser reactiva ni dar rienda suelta a mis impulsos, de manera que, una vez lograda cierta compostura, opté por contestar:

"Lamento que te incomode la foto. En realidad, es una foto de un cuadro de Susan Seddon Boulet, que es una pintora muy reconocida. El arte es así, a alguna gente le gusta y a otra no. Todos somos libres respecto de nuestros gustos y elecciones en este sentido".

Conforme con el mensaje redactado, hice click y lo envié con la idea de que ahí terminaría la cuestión. El estado de idealidad por el que atravesé en ese momento me llevó a suponer que quizás mis palabras podían motivarlo a cuestionarse la legitimidad de su pedido. Pero no fue así. Al día siguiente en mi casilla de Facebook apareció el siguiente texto, enviado por el mismo remitente:

"Desacuerdo solo que no comparto en nada tu arte y no quiero ver eso cuando abro mi muro gracias por entender. Doy por terminado el asunto"

Así escrito, sin puntos ni comas en su primera oración. Reparé en que, al menos, era agradecido, puesto que me daba las gracias, aún cuando no sabía muy bien respecto de qué. Parecía que se había sentido entendido. ¿Sería porque lamenté que no le gustara la pintura? ¿Suponía que si insistía en que no quería ver "eso" yo finalmente accedería a su requerimiento y me agradecía por adelantado? No me quedó muy claro este punto. Lo que si me quedó claro fue mi ingenuidad, cuando supuse que él podía revisar su postura. Ciertamente, me alegró que diera por terminado el asunto.

Ahora me pregunto: si con esta nimiedad este señor se atribuye el derecho a reclamar algo que no corresponde ¿qué derechos se arrogará en otras situaciones en las que verdaderamente se sienta importunado?

Puedo imaginar muchas posibilidades.

Yo, por mi parte, continuaré siendo idealista. Mantendré la esperanza de que la próxima vez que este señor encuentre en su Facebook algo que no les guste, en lugar de pedirle al otro que lo quite, con un mágico click lo ocultará.

viernes, 21 de junio de 2013

Huna, una forma de vida

"Huna" es una palabra hawaiana que quiere decir (entre otras cosas) oculto, en el sentido de algo que no se puede ver o comprender a simple vista, como, por ejemplo, los principios que rigen el universo, el fluir de la energía, los mecanismos de la naturaleza.

Huna es una manera de relacionarse con la realidad, una filosofía práctica de la vida, y un camino de crecimiento y sanación psicoespiritual. Se desarrolló en la Polinesia antigua, pero se desconoce su origen. Es una tradición de sabiduría ancestral que, al igual que otras, fue cambiando sus formas para adaptarse al estilo de cada época y de cada cultura. Cambió sus formas pero no su esencia.

Está compuesta de una serie de modelos de funcionamiento del ser humano y de la vida, principios filosóficos, métodos para comunicarse con el aspecto espiritual y formas de acceder a fuentes de conocimientos, amor, poder y energía. Uno de sus objetivos básicos es el de armonizar las relaciones con uno mismo, los demás, el medio ambiente y las circunstancias.

A lo largo de la historia, se pueden reconocer dos modalidades básicas para mejorar la vida: la modalidad del guerrero y la del pacificador. La primera es la más conocida y difundida en el mundo y, sintéticamente, consiste en luchar contra lo que no se quiere. Luchar, por ejemplo, contra el malestar, la pobreza o la enfermedad, para conseguir bienestar.

La tradición Huna sigue la otra modalidad, la del pacificador, que es menos conocida y está menos difundida. En esta modalidad la consciencia y la acción se enfocan en lo que se quiere lograr. De esta manera, los pensamientos y las acciones se encaminan principalmente hacia los objetivos deseados. Así por ejemplo, en lugar de luchar contra la enfermedad, fomenta la salud. En lugar de girar en torno de lo que no funciona, dirige la energía a posibilitar el funcionamiento. En este sentido, sostiene que mantenerse en la crítica no favorece mucho el cambio, sino que por el contrario, tiende a dar energía a aquello que se critica. Por lo tanto, la tradición Huna pone el énfasis en transformar y construir más que en destruir o eliminar.

Este enfoque sostiene, además, que el fin no justifica los medios, porque los medios empleados influyen en los resultados que se obtienen. De esta manera, propone medios armónicos para lograr fines también armónicos. Por ejemplo, para pedirle a alguien que cambie su forma de proceder uno podría decirle que, según su criterio, procedió mal o uno podría decirle cómo le gustaría que procediera, para que en caso de que lo deseara, lo tuviera en cuenta para futuras ocasiones. Esta última forma tiende a ser más armoniosa que la primera.

El Huna sostiene, también, otra cuestión fundamental: todos tenemos mana. 'Mana' significa poder y responsabilidad sobre nuestras elecciones y acciones. En este camino se utiliza el poder "para" algo y no "sobre" algo o alguien. O sea, el poder se encamina a elegir y a conducir nuestra energía, no a controlar. Se utiliza para realizar y no para sojuzgar, ya que Huna significa también "amor y poder en armonía".

sábado, 25 de mayo de 2013

Buda, su papá y la felicidad

La historia de Buda siempre me fascinó. Hace unos días volví a ver la película “Un pequeño Buda” y me quedé pensando no sólo en Siddartha (el Buda) sino también en su papá y los caminos para alcanzar la felicidad.

Cuenta la leyenda que el papá de Siddartha, el rey Suddhodana, había determinado que su hijo, recibiera la mejor formación posible para que, cuando llegara el momento de sucederlo, fuera un buen soberano.
Ahora bien, como todos los que conocen su historia saben, el papá no se conformaba con eso, aspiraba a que su hijo fuera feliz. Para ello, decidió crear en el palacio y sus jardines, todas las condiciones imaginables para su felicidad.
Hizo del predio un pequeño paraíso, lleno de lujos, alegría, belleza y confort. No permitió que los ancianos de la corte se acercaran a él, para que el príncipe sólo estuviera rodeado de gente joven y vital. Por otra parte, le prohibió salir del palacio, para que no conociera los males del mundo.
De manera que Siddartha nació, creció y se educó allí. También allí se enamoró de una hermosa doncella y se casó. Hasta ese momento, todos sus anhelos se habían cumplido y su gozo era pleno.
Pero un día, poco antes de que naciera su hijo, sintió un intenso deseo de partir. Quería saber cómo era el mundo exterior. Después de su nacimiento se “escapó”.
Fuera del palacio se enfrentó con los ‘males’ y el sufrimiento del mundo: la vejez, la enfermedad, y la muerte (entre otras cosas) y no lo pudo tolerar. Tal fue el impacto y la magnitud de su sufrimiento que decidió buscar un remedio para aplacarlo.
Durante siete años buscó y buscó. Siguió a diferentes maestros y gurúes y probó concienzudamente todos sus métodos, pero no logró tener con ellos los resultados esperados.
Un día, casi a punto de darse por vencido, se sentó a meditar bajo un frondoso árbol, durante varios días, y se Iluminó. Cumplió así su objetivo de alcanzar la Paz y decidió dedicar el resto de su vida a cultivarla y transmitir sus conocimientos, para bien de los demás.

Considero que la historia de Buda tiene mucho para enseñarnos a todos, seamos budistas o no, y me gustaría compartir algunas reflexiones al respecto.
Podríamos pensar que el padre del Iluminado (como nos ocurre a casi todos los padres y madres) tuvo algunos desaciertos en sus criterios y métodos de crianza. Es tranquilizador constatar que estos no le impidieron a Siddarhta alcanzar la Paz.
Me pregunto: ¿este hijo le habrá reprochado a su papá el encierro al que fue sometido? En realidad me parece que no hay forma de saberlo, pero, a juzgar por su actitud, imagino que no debe haberse detenido mucho a reprocharle. Toda una enseñanza: no fue víctima de su sufrimiento. Puso el foco y la energía en sanarse.
También me pregunto: ¿si el papá de Buda no lo hubiese “encerrado” en su paraíso, Buda se habría Iluminado? Quizás, quizás no. No hay respuesta para esto. Pero parece que “caer del paraíso” fue un factor decisivo en su determinación de restablecer la felicidad perdida.
Otra gran enseñanza: a veces las experiencias dolorosas funcionan, en nuestra vida, como las partículas extrañas que hieren el cuerpo blando de la ostra. Para evitar el daño, ella envuelve la partícula con nácar, formando así, capa tras capa, una perla. Para repararse, crea y genera una gema.
Por último, me pregunto: ¿Se puede alcanzar la Paz negando los males del mundo? Creo que Buda encontró el placer antes de conocerlos, pero alcanzó la Paz luego de atravesarlos y transcenderlos.
A pesar de todo, el deseo de su padre se cumplió: Buda finalmente fue feliz.
  

viernes, 17 de mayo de 2013

Efectos de un dogma

El hijo de una querida amiga, Pedro, de treinta años, quedó viudo recientemente, con un hijo de siete. Por cuestiones económicas y de cuidado del niño, decidió que lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su madre y mudarse a vivir con ella.
La diligente y amorosa madre-abuela se abocó entonces a preparar todo lo que estuviera a su alcance para recibirlos. Buscó una escuela para su nietito, próxima a su casa, ya que el establecimiento al que concurría quedaba muy lejos de allí.
En pocos días consiguió una vacante a media cuadra de su domicilio, en una buena escuela que tenía, además, la ventaja de tener doble turno. Muy conveniente debido a que tanto el papá como la abuela trabajan todo el día.
Contenta con lo que había logrado, atendió el llamado telefónico de su hermana (tía de Pedro):
-        Hola ¿cómo estás? – pregunta Petra (su hermana)
-        ¡Bien! ¡Hoy pude anotar a Lucio en la escuela de la vuelta!
-        ¿cómo? ¡¿LO VAS A CAMBIAR DE ESCUELA?!!!! –dice Petra, con voz de psicopedagoga indignada- Son demasiados cambios para Lucio. Eso no es bueno para él. ¡¡Y menos doble escolaridad!! El no está acostumbrado….
-        ¿Te parece? (contesta mi amiga) pero la otra queda muy lejos, no podemos llevarlo y traerlo… además Lucio es muy sociable y adaptable... No creo que tenga problemas…
-        Estás equivocada. En todo caso se puede contratar un micro escolar y a alguien que lo cuide a la tarde y le dé el almuerzo.
Esas aseveraciones le cayeron como un balde de agua fría. ¿Más gastos? ¿Más complicaciones? Si bien sabía que estaba haciendo todo lo mejor posible, la opinión “calificada” y fría de su hermana pedagoga, la hicieron tambalear.
Petra no dudó en transmitirle luego a Pedro sus sabios consejos, quien se llenó de temor y ansiedad al escucharlos. No quería que sus decisiones afectaran la escolaridad de su hijo, pero tampoco tenía los medios para que continuara en la misma escuela. Así que ahora tenían un nuevo conflicto.
Mi amiga se sintió devastada. En medio de esta situación tan crítica, su hermana no sólo no estaba a su lado para ayudarla, sino que además complicaba más  las cosas.
Sin embargo, con ánimo de resolver, consultó el tema con otros profesionales que, para su tranquilidad, opinaron que no sería tan perjudicial este cambio. Opinaron que, dadas las características del niño y sus circunstancias, se podía acompañar su adaptación, y que no sólo había que cuidar el bienestar del niño, sino también el de los que lo rodeaban.
Semanas después mi amiga comprobó que había estado en lo cierto: su nieto no sólo no tuvo dificultad en adaptarse, sino que además se sentía más a gusto en la nueva escuela. De todas maneras, para cerciorarse, tuvo un breve encuentro con la maestra, quien le confirmó la gran capacidad de adaptación de Lucio, su sociabilidad y buena disposición con las tareas.
Después de hablar con la maestra mi amiga se preguntó: ¿qué diría ahora Petra al respecto? ¿Dónde quedarían sus aseveraciones dogmáticas?
Se alegró de tener un espíritu firme y una mente abierta para considerar la particularidad de las situaciones y las personas. Y se alegró, también, de que sus convicciones estuvieran al servicio de ella, y no ella al servicio de algún dogma.

sábado, 11 de mayo de 2013

"¡¿Ladrones de energía?!"

Soledad regresó a su casa después del trabajo. Abrió su Facebook para distraerse un poco antes de la cena. Una foto del Dalai Lama llamó su atención. El título decía: “Los 10 ladrones de tu energía” y debajo de la foto se leía:


1.    Deja ir a personas que llegan para compartir quejas, problemas, historias desastrosas, miedo… etc.
Dudó de que esas fueran las palabras exactas del Dalai, porque él habla siempre de la comprensión y la compasión entre los seres. Pensó en su compañera deprimida, por una reciente separación y en las largas charlas, en las que ella aliviaba su congoja. Según estos consejos ¿debería alejarse de ella? ¿Su compañera estaría “robando” su energía?.
Pero lo cierto es que aunque por momentos se sentía un poco abrumada, sus conversaciones contribuían a profundizar la relación y a afianzar los lazos de confianza entre ellas.
Más abajo, en inglés, otro post decía: “Keep people in your life that truly love you, motivate you, encourage you, and make you happy” (Mantén en tu vida a la gente que verdaderamente te ama, te motiva, te anima, te inspira, te engrandece y te hace feliz).
Sintió que ella no estaba a la altura de esos requerimientos y se entristeció. Quizás por eso tenía pocos amigos. No siempre podía motivar a otros, animar, inspirar, engrandecer, ni hacer felices a los demás.
Soledad había llegado al mundo con un temperament0 melancólico y tenía que lidiar constantemente con su pesimismo y tristeza innata. No era así porque quería. Había hecho muchas cosas para mejorar y aprendido a modificar un poco sus estados de ánimo. Pero no lograba cambiar lo esencial. Era muy sensible y profunda, las vicisitudes de la vida la afectaban mucho y no sabía tomarse las cosas con liviandad, como le sugerían.
Ese día lo que vio en Facebook la desanimó. Cerró su computadora, y para cambiar la “onda” tomó el diario y buscó la sección espectáculos.
Mientras buscaba no pudo evitar detenerse en una nota: “Hace poco más de un mes la Organización Mundial de la Salud hizo públicas las cifras sobre la cantidad de personas afectadas por alguna forma de depresión, en los 194 países en donde la OMS tiene sedes…. Las cifras resultan alarmantes, 350 millones de personas deprimidas…”
Pensó: 350 millones de personas deprimidas y probablemente muchas más que están tristes o no son felices, que no se computan en estas estadísticas. ¿Qué pasaría si la gente comenzara a segregarlas? ¿Qué pasaría si se instalara el estigma social de la tristeza? ¿Serán los tristes y desanimados los nuevos condenados y discriminados de la Tierra?
Al día siguiente, Soledad llegó al trabajo y cuando se encontró con su compañera, la abrazó.

domingo, 21 de abril de 2013

El color de los seres

No sabía cómo había llegado allí. Tampoco tenía muy claro qué ni dónde era "allí". Algunos días pensaba que quizás había sufrido un accidente y estaba postrado en alguna cama de hospital, alucinando. Otras veces pensaba que ya no habitaba su cuerpo y estaba en "el más allá". También se le había ocurrido pensar que los seres que vivían en ese lugar lo habían abducido. Pero la hipótesis preferida era que seguía en la Tierra y que, por algún extraño motivo, su forma de percibir había cambiado.
A lo largo del tiempo (no sabía cuánto) hizo distinto tipo de experimentos, con la intención de someter a prueba cada una de estas posibilidades. Ninguna de ellas le permitió obtener resultados concluyentes. Así que, para no desesperar, había decidido que viviría cada instante según la sensación o certeza que tuviera en cada momento.

Como eso ya no lo atormentaba tanto, ahora estaba abocado (a decir verdad, casi obsesionado) a descubrir de qué color era él (si es que era de algún color).
Allí, los seres tenían algo debajo de la piel de su abdomen que pulsaba e irradiaba luz, de color.
Había notado que los colores más frecuentes eran rojo, amarillo, verde y azul. Cada individuo emitía principalmente uno de esos colores. O sea, aunque todos irradiaban los cuatro (de manera intermitente y con variaciones de intensidad) cada uno tenía un color predominante.
Una observación más detallada le había permitido identificar ciertas correspondencias. Los rojos solían ser muy vivaces y también algo irascibles e intolerantes. Los amarillos más alegres y movedizos, a veces muy inquietos. Los azules eran muy concentrados, más lentos y tristes y los verdes, sensibles, algo tímidos y asustadizos.

Un día caminaba por un lugar desconocido para él y de pronto sintió una embestida en su hombro derecho que lo hizo trastabillar. La sorpresa lo paralizó unos segundos. Vio que un rojo pasaba a velocidad de un rayo. Inmediatamente después,   un impulso lleno de ira lo llevó a correr tras él. Quería devolverle el empellón.
Mientras corría pensó: "debo ser un verde, ya que por unos segundos me paralicé".

Lic. Eugenia Lerner

sábado, 2 de febrero de 2013

Reclamo

A Inés la despertó la patita de su gata en la mejilla, a las seis de la mañana, como era habitual. Se quedó remoloneando un rato en la cama y luego se duchó, tomó un desayuno liviano, le dio de comer a Lady (su gata), la acarició y partió rumbo al trabajo.

Después de acomodarse en su box y ponerse los auriculares, atendió la primera llamada del día:
- Buenos días, soy Inés, ¿En qué puedo ayudarlo?
- Este es el tercer mes consecutivo que me quieren cobrar el servicio de Internet, que YA DI DE BAJA. Ya reclamé varias veces por este motivo.
- Lo lamento, Sr. Por favor ¿puede darme su número de teléfono para verificar la factura?
- Si, se lo doy, pero esta conversación ya la tuve 20 veces y no resolvieron mi problema.
- Entiendo, por favor, deme su número de teléfono para verificar.
Inés verifica la factura y responde:
- Efectivamente Sr. le cobraron el servicio indebidamente. Por favor tome nota del número de su reclamo: EJ4728F
- Si, ya sé que me lo cobraron indebidamente, eso es lo que le dije. Lo que le pido es que lo solucionen, que Uds. tomen nota.

Después de tomar unos sorbitos de café, Inés atendió el segundo llamado:
- Buenos días, soy Inés, ¿En qué puedo ayudarla?
- Si eso espero, que me ayude!!!!!! Porque hace una semana que estoy esperando que me resuelvan el problema con mi e-mail y no me lo resuelven. Páseme con su supervisora por favor, porque quiero agilizar esta cuestión.
- Sra., lamento el inconveniente, yo tomaré su reclamo, ya que la supervisora no la puede atender en este momento.
- ¿cómo que no me puede atender?
- Son las instrucciones que tengo Sra., lo lamento.
- BUENO, MI RECLAMO ES QUE NO ANDA MI CASILLA DE E-MAIL.
-¿Cuál es el problema específico que tiene con su e-mail Sra?
- ¿Otra vez le tengo que contar todo? ¿No lo tiene ahí en el sistema?
- Disculpe Sra., pero necesito saber qué inconveniente tiene para dejarlo asentado y pasar nuevamente su reclamo a servicio técnico.
- El problema es que NO RECONOCE MI CONTRASEÑA. ¡¡¡Necesito que lo solucionen A LA BREVEDAD !!!
- Ya quedó asentado su nuevo reclamo; el inconveniente será resuelto a la brevedad.

Inés salió del trabajo como todos los días a las 17 hs. Había tenido una jornada particularmente difícil y pensó que le haría bien caminar unas cuadras, para despejarse. Pero no se despejó. Mientras caminaba, pasaban por su cabeza, desordenadamente, distintas voces que le decían que había facturado mal los servicios, que no había resuelto los problemas técnicos, que ya le habían explicado una y otra vez todas las cosas, que tenía que solucionar todo YA... 

Cuando regresó a su casa, Lady estaba sentada, como siempre, del otro lado de la puerta. Esperaba recibir los cariños habituales: mimos, palabras tiernas, algo rico para comer. Pero ese día no recibió nada. Desconcertada, la gata la increpó con la mirada y maulló. Inés la miró fijo y le gritó: ¡¿Qué?! ¡¿Vos también me vas a reclamar?!