domingo, 26 de agosto de 2012

Ecología de la paz

Decía Krishnamurti que si queremos Paz en el mundo debemos comenzar por nosotros mismos. Lo podemos hacer extensivo a nuestras relaciones.

Aquí un breve relato de lo que ocurrió una tarde con un matrimonio, él ecologista, ella empleada de la justicia:

Llovía y la película empezaba en cuarenta minutos. Hacía alrededor de seis meses que por distintos motivos no habían podido ir al cine. Ya habían dejado a dos de sus hijos con la abuela. Ahora restaba ubicar al pequeño en lo de un amiguito. El papá lo acomodó en el asiento trasero del auto y antes de partir, su mujer le dijo: "por favor, cargá nafta en el camino, que el tanque está vacío". El hizo un gesto con la cabeza y se fue.
Diez minutos después, pasó a buscarla, tocó bocina y ella subió rápidamente al auto. Mientras se acomodaba en su asiento miró, en un acto reflejo, la aguja del medidor y vió que estaba exactamente en el mismo punto que antes:  "vacío".
- No cargaste nafta !? - dijo ella
- No, no hace falta. Marca vacío pero siempre quedan algunos litros, alcanza - respondió él con tono de superioridad
- Me parece mejor cargar ahora, antes de salir a la autopista - siguió ella
- Te digo que no es necesario - insistió él fastidiado
Minutos más tarde, ya en la autopista, el auto exhala un último suspiro y se para. Ella contiene tanto su respiración como su rabia, mientras él dice: "¡¡¡Como somos nosotros!!! ¿no?"
- Cómo 'como somos NOSOTROS' ¡¡¡cómo sos VOS !!! TE DIJE que cargaras nafta - responde ella
- Bueno, no es para tanto, sos una exagerada. Esperame acá que yo voy a la estación de servicio a buscar nafta - dice él
- No, no me quedo acá sola en el auto. Es peligroso, voy con vos
- Vos y tus miedos!!! No pasa nada. Quedate que llueve
- Vos hacé lo que quieras, yo prefiero mojarme a que me asalten - dijo ella enfática, bajándose del auto.
Caminaron por la autopista un trecho corto, subieron una pequeña loma y al descenderla vieron a un auto policial estacionado en la banquina. Ella respiró aliviada y dijo: "vamos a avisarles que dejamos el auto más atrás". "Para qué? No seas ridícula. Sigamos" - contestó él.
La mujer de todas maneras se acercó al policía y le contó lo sucedido. El agente indicó: "no se preocupen, regresen a su auto que yo llamaré a la grúa de la autopista, para que los remolque a la estación de servicio".
Así, regresaron a su auto y no habían pasado más de cinco minutos cuando ella ve a la distancia, en el descampado, a un grupo de gente caminando hacia la ruta.
- Me parece que tendríamos que bajar y avisar a la policía. Esa gente parece peligrosa - dijo ella
- No, qué va! qué miedosa sos ! - dijo él
- Mirá, son muchachos y llevan capucha - agrega ella
- Será porque llueve - sostiene él
- No escuchás las noticias? de todos los asaltos que hay en esta zona? BAJÁ YA !!
- Qué loca que te ponés ! - dice el ecologista
Ella baja del vehículo y mientras camina por la autopista ve llegar a la grúa, escoltada por el patrullero. Los muchachos ya estaban a menos de cien metros. La grúa estaciona y un policía se ubica, para dar protección, en un punto bien visible.  Segundos después los muchachos dan la vuelta y se dispersan.
- Viste que tenía razón? Que venían a asaltarnos! Si no, ¿porqué se fueron cuando vieron a la policía? - dice la esposa, esperando que finalmente él le de la razón
- mmm... por qué no vamos a tomar algo y nos calmamos, ya que no llegamos al cine - recibe ella como única respuesta.

Si esta pareja quisiera llegar al cine la próxima vez, necesitaría aprender a resolver sus conflictos. Tarea nada sencilla. Para ello, una posibilidad sería que el ecologista dejara de descalificar y manipular y la empleada de justicia buscara la forma de no transitar ciertas situaciones o dejara de darle espacio a sus descalificaciones.

Cuando ejercemos un poder real, que no es "poder sobre" otros, sino "poder para" actuar, expresar, elegir, y nos respetamos a nosotros mismos y a los demás, transitamos el camino cotidiano de la paz. 
Eugenia Lerner 



jueves, 19 de julio de 2012

Una ensalada griega

En casa, yo preparaba la ensalada griega (que lleva queso, tomate, pepino, cebolla morada y aceitunas negras) con rodajas muy finas de pepino.
Hace poco tuve la dicha de pasar unas vacaciones en Grecia, con un grupo de gente interesada en la historia, la cultura y también en la comida de ese país.
Allí pude disfrutar de esta deliciosa ensalada. A diferencia de lo que yo hacía, los griegos cortan el pepino en trozos y no en rodajas finas. Esto cambia mucho su textura y humedad, e incluso su sabor. La convierte en una ensalada "crocante" y más sabrosa, con más cuerpo. Nunca hubiera imaginado que la forma de cortar una hortaliza pudiera producir tanta diferencia al paladar. 

Esta experiencia me recordó que, a veces, una pequeña diferencia puede llevar a un gran cambio.


En los lugares en donde comimos, servían tres o cuatro aceitunas por porción. Algunos de mis compañeros de viaje hacían bromas porque decían que en el país de los olivos "se escatiman las aceitunas". Como yo la disfrutaba tanto, no me importaba esta cuestión.
Sin embargo, de regreso en Buenos Aires, para experimentar, decidí incorporar cinco o seis aceitunas por plato. Para mi sorpresa, esta cantidad resultó excesiva, ya que le quitó frescura y liviandad y quebró el balance y armonía de sabores.

Advertí aquí dos reconocidas verdades: no siempre "más" es "mejor"; y que con frecuencia nos apresuramos a sacar conclusiones desafortunadas sobre las costumbres de los demás, tomando por cierto algo que en realidad no lo es.

(Dicho sea de paso, fue el griego Sócrates quien dedicó su vida a demostrar la diferencia entre opinión y conocimiento y a alentar a la gente a que revisara sus opiniones a través de la reflexión, el razonamiento, la observación y la constatación de los hechos).

Así que ahora, cada vez que como ensalada griega, renuevo y refuerzo el propósito que tengo desde hace mucho tiempo: revisar mis opiniones apresuradas, valorar los pequeños cambios (tanto propios como ajenos), y balancear mi vida lo más posible, para que su sabor sea apetecible.

domingo, 8 de julio de 2012

Exigencias de viaje

El espíritu de Aloha, propio del Huna de la Polinesia, propicia el agradecimiento, la valoración, la colaboración, el respeto y el cuidado en la relación con uno mismo, los demás, el medio ambiente y las circunstancias.

Una partida

La madre la acompañó al Aeropuerto de Ezeiza. Había contratado el seguro de viaje de su hija, trasladado la gatita a su casa para cuidarla durante su ausencia, combinado día y hora con el plomero para reparar el caño de la cocina de su hija, y algunas cosas más. 
Como tenía un compromiso esa mañana, sólo podía ir con ella hasta la puerta de la terminal, pero no esperar a que embarcara.
Se despidieron con premura y calidez. La madre le indicó al chófer la dirección donde debía ir. Llegarían a tiempo.
Unos minutos después, escucha su celular:
- "mamá, tenés que volver YA! -entre enojada y desesperada- te llamé diez veces ! qué pasa que no me atendías???
- ¿¿¿Qué pasó??? -pregunta la madre.
- El avión no sale de Ezeiza, sale de Aeroparque. No se que me pasó, soy una bo... me confundí. Me dijeron que voy a PERDER EL VUELO, que no llego a tiempo para el check-in en Aeroparque !! VENI YA, no se qué hacer !!! Te llamé diez veces y no me atendías !!!
- Lo siento, no escuché el celular. Voy para allá. Quedate tranquila, vas a llegar a tiempo (la madre consulta con el chófer del taxi). El chófer dice que llegas.
- Te llamaba y llamaba y me empecé a desesperar porque no contestabas, qué pasó? No tenía pesos para tomar un taxi, sólo Reales !
- no sé, no escuché el teléfono, ... estaba bajo el volumen... voy para allá, llego en diez minutos.
Diez minutos después, la hija llorando sube al auto. Vuelve a contar que le dijeron que perdería el vuelo, que llamó y llamó...
El chófer tomó la cuestión en sus manos, con mucha pericia esquivó el tráfico, aceleró cuando podía y tomó algunos atajos.
Llegaron 40 minutos antes de la partida del avión, ya no había nadie en los mostradores de la aerolínea, pero la hija, más calmada, localizó una pequeña oficina lateral, donde finalmente pudo realizar el check-in.
Horas después, la hija envía un mensaje de texto: "Llegué a Florianópolis... creo que tenés que arreglar el sonido del celu"...

A la madre le hubiera gustado un poco más de agradecimiento...

Un vuelo

"Señores pasajeros, bienvenidos a bordo. Por favor, abrochen sus cinturones de seguridad, traben sus mesitas y enderecen sus asientos. Durante el despegue y el aterrizaje no está permitido utilizar celulares ni aparatos electrónicos. Que disfruten el vuelo".
- Señor, por favor, abroche su cinturón de seguridad -le pide un auxiliar de vuelo a un pasajero.
- Señora, por favor enderece el respaldo de su asiento -otro auxiliar a otro pasajero.
- Señora, por favor trabe su mesita.
- Señor, por favor apague su computadora
Tres horas después comienzan las turbulencias.
"Señores pasajeros, el comandante ha encendido el aviso de abrochar los cinturones. Estamos atravesando una zona de turbulencias, les rogamos permanecer sentados con los cinturones de seguridad abrochados hasta que el comandante apague la señal".
- Señor, por favor, regrese inmediatamente a su asiento.
- Señora, por favor, vuelva a su asiento inmediatamente.
Cuatro horas más tarde: "Les informamos que hemos comenzado el descenso. A partir de este momento deben permanecer sentados, con los cinturones ajustados, hasta tanto el avión se haya detenido totalmente y el comandante apague la señal".
El avión aterriza y sigue carreteando:
- Señores, por favor, permanezcan en sus asientos, el comandante no ha apagado la señal.
- Señores por favor, por su seguridad, no se levanten hasta que el avión se haya detenido totalmente.
Los pasajeros descienden. Mientras se dirigen a inmigraciones, una persona le dice a otra:
- "El vuelo, bien, pero los auxiliares de vuelo medio antipáticos, no?. Ni media sonrisa!

A los auxiliares de vuelo les hubiera gustado un poco más de cooperación y reconocimiento de su labor.

Una llegada

Larga fila para inmigraciones, de pasajeros de varios vuelos.
Se escucha a un señor decir a otro que se adelantaba en la fila: "Hey... HAY QUE HACER LA FILA, no vale colarse!!!... qué vivo!!!". Varios vociferan y protestan al "colado" y le piden, infructuosamente, que haga la cola como es debido.
En otro lugar de la fila, dos personas comentan: "después de todo este viaje, esta espera es un calvario".

Se escuchó a otra persona decir: un calvario de privilegiados.

Aloha!!

Lic. Eugenia Lerner

martes, 3 de julio de 2012

Piedrita marina

Hace poco caminé por una playa en la que había diversos cúmulos de piedritas marinas desparramados en la arena. Como estas piedras me gustan mucho, me quedé allí un largo rato, contemplándolas, tocándolas, admirándolas y pensando que podría llevar alguna, como recuerdo de ese lugar.
Seleccioné algunas y las llevaba en mis manos, cuando de pronto sentí que no, que esas piedritas no eran para mi, que debía dejarlas y las solté.

Esa noche tuve un sueño muy especial, en donde hacía algo que podría haber sido complicado y doloroso, con facilidad, placer y tranquilidad. Me pareció un sueño significativo, porque suelo poner más energía y esfuerzo del necesario en algunas cosas. Sentí que el sueño traía el deseo y la experiencia de una nueva etapa, en la que podría regular mejor el esfuerzo al hacer las cosas. Tomé consciencia de este deseo y lo convertí en una intención.

A la mañana siguiente volví a la playa. Ya no pensaba en llevar una piedrita. Pero a los pocos pasos, una piedrita gris con forma de “huevo” atrajo mi atención y “me llamó”. La tomé en mis manos e inmediatamente supe que “era la indicada”, que podía llevarla.
Unos minutos después me di cuenta que el huevo representaba el nacimiento de algo, el comienzo de esta etapa “de esfuerzo sin esfuerzo” (del Wu wei, al decir de los taoistas).
Lo celebro.

lunes, 9 de abril de 2012

Culpa por los gatitos


Uno de mis queridos alumnos, me contó que en sus vacaciones estaba paseando con su pareja a orillas de un río, cuando de pronto vio pasar una tabla, sobre la que flotaban varios gatitos. Inmediatamente los rescataron y les dieron abrigo. Ese mismo día los ofrecieron y una persona se los llevó, pero no pudieron desprenderse de una de las gatitas. Era tan cariñosa y hermosa que decidieron volver con ella a su casa, en la que conviven con otros cuatro felinos.

Unas semanas después me envió este e-mail:
“Estoy partido... la gatita que adoptamos contagió a todos los gatos de un virus bronquial. 
Más allá de que vino vacunada, desparasitada, y sumamente atendida, parece que portaba algo latente.
Todo empezó el sábado pasado.... de repente de tener todos los gatos sanos, empezamos a ver que varios estaban respirando por la boca.
Volamos a la veterinaria, empezamos tratamiento, pero Rumi, el mágico compañero de camino, empezó a estar cada vez peor.
El domingo lo internamos.
Íbamos todos los días a verlo, y hasta una veterinaria le hizo acupuntura....
Hoy lo íbamos a traer a casa para seguir acá el tratamiento y que esté en su habitat..... a la 9 me llamaron para decirme que Rumi había partido...
Lo que empezó siendo algo mágico, de amor, pasa a esta pesadilla....
Los demás gatos van zafando, los mayores se liberaron enseguida del virus, la gatita está bastante gastada y le cuesta más.
Estoy atascado en la culpa de la adopción de esta gatita, por todo el desenlace que trajo.... necesito trabajar profundamente este aspecto que eligió esta situación.....”

Mi respuesta fue:
“Qué triste lo que pasó. Desde mi perspectiva, vos no elegiste esta situación. Elegiste rescatarlos y adoptar la gatita, por el amor que despertó. Elegiste cuidarlos cuando se desencadenaron los síntomas y llevarlos al veterinario. Ahora, si hay algo que podés elegir es como ir transitando todo lo que escapa a tu control y al de cualquier humano.”

Muchas de las personas que buscan ser más conscientes de sí mismas y sus circunstancias, confunden, desde mi perspectiva, el  “elegir” con “hacer que suceda”. Podemos elegir algunos de nuestros pensamientos y acciones, pero no elegimos los resultados. Elegir no implica “controlar”.
Si sentimos culpa por algo que sucedió (o que no sucedió) podemos preguntarnos si eso que esperábamos está realmente en nuestras manos.

lunes, 2 de abril de 2012

La “lasagna” de la incomprensión.


Gabriel está con malestares digestivos desde hace un tiempo y le “tomó idea” a la lasagna. Hace unos meses se descompensó y lo tuvieron que internar, pocas horas después de comer un suculento plato de dicha comida. Aparentemente la lasagna no tuvo nada que ver con lo que le pasó, (quizás sólo fue “la última gota que rebalsó” su aparato digestivo) pero en su memoria, quedó fuertemente asociada con aquel padecimiento.

Hace unos días sus suegros los invitaron (a él y a su mujer) a cenar a su casa. La suegra, excelente cocinera, preparó una exquisita lasagna, que llevó a la mesa con una sonrisa de satisfacción. Cuando Gabriel la vio sintió que su cuerpo se estremecía. No tenía ganas de comerla, pero tampoco quería perturbar al resto de los comensales y, menos aún, molestar de alguna manera, a su suegra. Por otra parte, parecía muy tentadora, así que respiró profundo y se la comió.
Horas después sintió un ligero malestar y al día siguiente estuvo todo el día un poco “descompuesto”. No tenía claro si le había caído mal la comida o su cuerpo respondía así a la aprehensión del recuerdo. Aunque esta vez su malestar físico fue leve, su malestar emocional y mental fue intenso. A partir de la internación lo aquejaron muchas dudas y temores respecto a su salud, y se incentivaron en ese momento. Por todo esto, tomó una decisión: aquella había sido la última lasagna de su vida.

Unos días más tarde, buscó el momento adecuado para transmitirle esta decisión a su mujer. Ella lo escuchó, lo miró con cara rara y le dijo “¡¡¡pero la lasagna no te puede hacer mal!!! es una comida sana….. Lo que pasa es que le tomaste idea”. Gabriel no lo negó, le dijo que si, que le había tomado idea, y que por eso mismo prefería no comerla. Ella (algo fastidiada) le insistió: “pasta, ricota y jamón, no te pueden caer mal”. No hablaron más del tema.

Cuando escuché su relato me pregunté:
¿y cómo puede ella estar tan segura que a él la lasagna no le hace mal? En realidad podría haber desarrollado alguna sensibilidad alimentaria o afectarle esta combinación de ingredientes en particular … Le vendría bien revisar sus supuestos y certezas en relación a lo que es bueno o malo para él.
¿y si le “tomó idea” cuál sería el problema? El lo reconoce… Después de todo, es tan humano tener aprehensiones en algunos momentos. Es así como funcionamos los seres humanos, asociando y des-asociando cosas y eventos todo el tiempo. Des-asociar lleva su tiempo.
¿será que no quiere pedirle a su mamá que prepare otra comida?
¿será que lo quiere ayudar a “superar” la situación, y dejar atrás el recuerdo? Quizás piensa que si le asegura que no le va a caer mal, lo convence, ¿pero con tan escaso argumento?.
¿será que está cansada de sus ansiedades y preocupaciones? Es probable, ¿pero este diálogo las frenará? Y si come la comida y le hace mal, ¿no se quejará?

También me pregunté: ¿las cosas no se hubieran aclarado un poco si él hubiera preguntado “en qué te afecta a vos mi decisión”?.
¿Y él se dará cuenta que sus quejas constantes son un peso para ella? Reconocerá y agradecerá todo lo que “soporta” su mujer?
¿Qué ella responda con “cara rara”  es un impedimento real para su dieta? Entiendo que él se sienta peor con estos gestos de ella (a casi todos nos afectaría) pero será cuestión de ver por qué opta: aceptar su cara o transitar otra indigestión.

Cuántas veces pasamos por situaciones similares en la vida cotidiana.
Ahora me pregunto: la próxima vez que alguien me diga que algo (comestible o no comestible) le hizo mal, qué le diré?
Ahora te pregunto: la próxima vez que alguien te cuente que algo le hizo mal, qué le dirás?
Y si en tu experiencia algo te hace mal y alguien te asegurara, sin más, lo contrario, qué es lo que harás?
Eugenia Lerner 

martes, 27 de marzo de 2012

Medita Dora

Dora era bastante ansiosa, y se impacientaba e irritaba con facilidad. Hacía mucho tiempo que intentaba estar más serena, pero no lo lograba. De vez en cuando, en los picos de intranquilidad, pensaba que quizás necesitaba ayuda, pero cuando volvía a su meseta, olvidaba la cuestión.
Un día, a raíz de un conflicto con su pareja, se desbordó tanto que se sintió bastante desquiciada. Se dio cuenta que no podía seguir así. Tendría que hacer algo al respecto.
Una de sus amigas, asidua meditadora, le había sugerido varias veces que meditara, pero a Dora no la atraían mucho “esas cosas”. No obstante en esas circunstancias, estaba dispuesta a probar casi cualquier cosa, con tal de estabilizarse un poco.

Llegó al lugar que su amiga le recomendó y le dijeron que esperara en el salón. Allí ya había unas cuantas personas sentadas en el piso, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. “uy… qué fastidio”, pensó, “esto no va a funcionar”. Esa postura francamente la incomodaba, le producía dolor de piernas y espalda. De todas maneras, no quiso dejarse llevar por el fastidio y se sentó, lo mejor que pudo.
Al cabo de unos minutos ingresó el instructor, inclinó el torso a modo de saludo, con sus manos juntas sobre el pecho, se acomodó sobre un almohadón y entonó “Ommm” varias veces… Todo el grupo lo siguió y ella también. Su Om salió tembloroso y desentonado. Cuando intentó mejorarlo, se le irritó la garganta, de manera que dejó de entonar.
Al salir, se sintió un poco disminuida y avergonzada, “seguramente no sirvo para estas cosas” –pensó. Pero como no quería darse por vencida tan pronto, siguió concurriendo por un tiempo. La estimulaba la idea de alcanzar algo de la tranquilidad que veía en los rostros y cuerpos de los demás.

Semanas después, en el trabajo, se animó a comentarle a un compañero que estaba aprendiendo a meditar y sus dificultades al respecto. Se sorprendió al enterarse que él también meditaba, con otro método, sentado cómodamente en una silla y repitiendo mentalmente un mantra especial. Según su compañero, este método era “mucho mejor y más efectivo para los occidentales”.

Dora sintió sus esperanzas renovadas. Sentarse en una silla y tener un mantraespecial” sonaba muy bien (aunque en realidad no sabía muy bien qué era un “mantra”). Tenía nuevas posibilidades y eso la animaba.
Fue así como llegó a una charla introductoria, en otro lugar de meditación. Cuando entró, lo primero que vio fueron ¡las sillas! El instructor comenzó diciendo: “La meditación consiste en focalizar la atención en una sola cosa. De esta manera se aquieta la mente y el cuerpo. Para mantener la mente en un foco, se usan mantras, que son sonidos o palabras que uno repite mentalmente, y…. “–continuó hablando un rato más de los mantras, de los beneficios de la meditación y de su sistema en particular.
Al finalizar dijo: “el curso consiste en tres clases individuales en las que se transmiten las instrucciones y el mantra”. ¡Clases individuales, qué bueno… algo más personalizado! –pensó.
En la primera clase recibió su propio mantra, indicaciones precisas de cómo meditar y también meditó durante veinte minutos. Su mente y su cuerpo se aquietaron y pudo disfrutar de la experiencia.
Pero su calma duró poco, porque antes de finalizar, el instructor dijo “ahora es necesario que busques un lugar tranquilo para meditar una o dos veces por día, durante veinte minutos”. “Sonamos” –pensó. Ninguna de estas cuestiones le resultaba tan sencilla “buscar un lugar”, “tranquilo”, “todos los días”, “dos veces”, “veinte minutos”. Expresó sus dudas, pero el instructor sólo respondió que si se lo proponía, iría encontrando de a poco, la manera de hacerlo y que en las próximas clases lo seguirían conversando.

Al finalizar el curso Dora “sólo” meditaba dos o tres veces en la semana, en un lugar medianamente tranquilo (el dormitorio) y no podía sostener su atención por más de unos pocos minutos en el mantra. El instructor había reiterado que era cuestión de práctica, que cuando se distrajera simplemente volviera a enfocarse en el mantra y dejara pasar sus pensamientos. Que meditara todos los días por su cuenta y que, ya finalizado el curso, podía concurrir a los grupos de meditación.
Dora siguió practicando, como pudo, y su progreso fue lento pero perceptible. Entre otras cosas, notó que muchas veces después de meditar estaba más tranquila por unas cuantas horas, hasta que el efecto se “disipaba”. Algunas veces hasta perdía la consciencia de su cuerpo y su mente quedaba como “flotando en el espacio”. Esto le resultaba muy grato, porque le producía una relajación profunda y reparadora.
No obstante, en el grupo de meditación le dijeron que ese estado de semi-inconsciencia, que se llamaba “trance”, no era lo mismo que meditar. Eso la confundió mucho, porque cuando entraba en ese estado sentía mucha paz, y eso era lo que ella había buscado al comenzar.

Unos meses después, su mente ya no salía flotando por ningún lugar, se aburría al repetir todo el tiempo el mismo mantra y se distraía más de la cuenta. En fin, ya no podía meditar. Admiraba a la gente disciplinada y voluntariosa. Al parecer ella no tenía la voluntad suficiente. 
Cada tanto pensaba en retomar, pero estaba bloqueada. 
Así pasó un año más, hasta que un día sintió nostalgia de meditación, y estaba nuevamente en un pico de ansiedad.

Esta vez decidió informarse más sobre el tema. Buscó libros y leyó material por Internet. Se enteró de que hay muchos enfoques diferentes de meditación. Que en algunos enfoques hay variedad de técnicas. Se enteró también de que cada enfoque puede tener propósitos diferentes y que el propósito de la meditación, influye tanto en la experiencia como en los efectos que se obtienen de ella.
En este sentido, algunos métodos buscan principalmente aquietar mente y cuerpo o mejorar el fluir de la energía. Mientras que otros, aspiran a fortalecer el “observador” interior, facilitar la conexión con el alma o el espíritu, sanar estados emocionales o mentales, obtener guía espiritual o sabiduría.
A través de las sucesivas lecturas llegó a la conclusión de que también se puede meditar en movimiento y enfocar la atención en diversas cosas. O sea, que centrarla en “una sola cosa” no significa (necesariamente) “solo en una cosa”, sino en una cosa por vez. Comprendió en definitiva que la meditación puede ser quieta y silenciosa o dinámica y poblada de mensajes, símbolos e imágenes.
Le quedó más claro que la meditación es un proceso, que como toda práctica requiere un aprendizaje y que cada persona necesita encontrar su forma particular de aprender y de practicar.

Actualmente, Dora practica meditaciones sanadoras. Las hace cuando puede y cuando quiere. A veces su atención está muy enfocada, otras veces, dispersa. A veces entra en trance, otras está hiperconsciente. Valora más los efectos y está menos pendiente de “hacer bien las cosas”. Se permite descubrir qué le resulta sanador en cada momento y no se recrimina cuando deja de meditar por unos días.
A veces le gustaría ser más metódica, pero reconoce que es así como puede hacer, ahora, las cosas. 
Aceptarlo, le da serenidad.
Eugenia Lerner