sábado, 22 de marzo de 2014

No apaga la luz

Dora, a quien conozco desde hace un tiempo, me comentó el otro día que tenía muchos y variados problemas de convivencia con su hija de veintitantos años, y que ya no sabía cómo resolverlos. Me contó varias de sus situaciones problemáticas, de diversa índole y magnitud. Una de ellas llamó particularmente mi atención no tanto por su gravedad, sino porque la consideré más abordable y más posible de resolver en lo inmediato. En mi criterio, abría también la posibilidad de un camino inicial para seguir.

La situación en cuestión es que Mara, su hija, se acuesta tarde a la noche y, mientras deambula por la casa, enciende la luz del pasillo que da al dormitorio de Dora. ¿Cuál es el problema? La puerta de su cuarto tiene una rendija por la que se cuela la luz, que le llega directo a los ojos. Como la hija además hace ruido, la madre se despierta y luego, debido a que la luz le molesta, no puede volver a dormir con facilidad.

Obviamente Dora ya le pidió de diversas maneras, en diferentes tonos y con distintos argumentos que no la dejara encendida, pero hasta el momento, no logró que su hija la apague. Frente a los reiterados reproches de la madre, Mara simplemente le contestaba: “Ah…, sí…, no me di cuenta” o “Me quedé dormida”. Siempre ese tipo de cosas.

Dora, además de estar cansada porque no dormía bien, estaba muy enojada porque no lograba siquiera que la hija tuviera en cuenta cuánto la perturbaba toda esa situación, y respondiera a ese mínimo pedido de cuidado hacia su persona y hacia su casa.

Cuando le consulté si quería que pensáramos en alguna opción para atenuar el problema, se mostró interesada, por lo que le pregunté: “¿Si el problema de la luz se resolviera, más allá de que Mara no la apague por ahora, te sentirías mejor?”. “Sí, claro”, respondió perpleja. “Entonces, te sugiero que uses un antifaz para dormir. Esto no resuelve la cuestión de fondo con tu hija, pero sí resuelve algo fundamental, tu descanso”. Su primera reacción fue de rechazo, puesto que consideraba lógico y razonable esperar que la hija hiciera algo tan simple como apagar la luz. Después, me dijo que ella no quería ceder y pensaba que eso, en realidad, no resolvía el verdadero problema. Además, a ella le molestan mucho los antifaces.

Estuve de acuerdo respecto de que mi sugerencia no resolvería la cuestión con su hija, pero le dije que, en mi opinión, sí podría resolver una de las consecuencias: la de su cansancio por falta de sueño. Le dije también que me parecía que hasta que encontrara la manera de resolver las dificultades con ella, bien podía dedicarse a resolver las cosas que estuvieran más en sus manos. Eso no sería ceder, puesto que ser más efectiva y no quedar a merced de esta situación no solo la empoderaba a ella, sino que también era un buen ejemplo para su hija de cómo no quedar sometida a algo que la afectaba.

Después de meditarlo unos minutos, me dijo que pensado así le parecía bien, pero que como los antifaces le molestaban, la solución sería cambiar la lamparita del pasillo por una azul de baja intensidad.

Lo que le sucede a Dora nos sucede a muchos. Cuando queremos resolver un problema complejo y se nos dificulta, surgen enojos, frustraciones e impotencia. Si, en cambio, estamos dispuestos a avanzar por tramos, enfocando los aspectos que podemos solucionar, por mínimos que sean, nos empoderamos y nuestro estado emocional mejora. Esto generalmente nos da, al menos, la fuerza, la energía y la creatividad necesarias para dar el siguiente paso.
Lic. Eugenia Lerner 


lunes, 17 de marzo de 2014

Persistir a pesar de la inconstancia

Hace unos meses, Silvia inició un tratamiento. En el primer encuentro, después de hablar de distintos temas, ella dijo que, en definitiva, lo que le pasaba era que estaba bloqueada y se sentía muy insatisfecha consigo misma y con su vida en general.
Mencionó que desde hacía mucho tiempo no podía avanzar, ni mantener o concluir lo que se proponía y que, a lo largo de sus cuarenta años, había comenzado una serie de cursos y proyectos diferentes, que siempre había dejado al poco tiempo.
A esa altura, no solo estaba frustrada porque no había terminado nada de lo que había empezado, sino porque creía, además, que su inconstancia no tenía remedio.

Después de una serie de entrevistas, había llegado el momento, a mi criterio, de definir en qué dirección quería o necesitaba avanzar en el presente. Para ello, le dije que sería útil establecer un objetivo concreto y acotado con el que pudiéramos trabajar en esa etapa.
No resultó fácil definir una meta específica puesto que ella quería que cambiara todo. Además, según decía, no sabía o no podía reconocer por dónde empezar (o, más bien, descartaba lo que se le ocurría por diferentes motivos). Le costaba, entonces, asumirse como posible hacedora de algún cambio.

De acuerdo con el diccionario, constancia quiere decir firmeza y perseverancia en las resoluciones, en los propósitos o en las acciones.

En relación con su anhelo de que todo cambiara, cualquier cosa que no fuera todo le parecía poco significativa, realmente no la motivaba, o bien dudaba de que fuera verdaderamente capaz de emprenderla.
En medio de esa gran dificultad, contábamos con algo a favor: su gran honestidad para expresar lo que pensaba y sentía en cada momento.

No viene al caso extenderme aquí en la cuestión de cómo finalmente logramos llegar a definir una meta acotada. Solo diré que tuvimos que remar en contra de la corriente de sus no y de sus peros. Si a pesar de esto pudimos acordar una meta específica, fue porque logré convencerla de tomar ese proceso a título de experimento, aprendizaje o posibilidad de investigar dónde estaba el bloqueo. Y por sobre todas las cosas, aceptó –al menos conceptualmente– el argumento de que nadie puede hacer todos los cambios que necesita al mismo tiempo. Así como un levantador de pesar comienza con una pesa de pocos kilos para entrenar, ella necesitaba comenzar con un objetivo pequeño para revisar sus bloqueos, entrenarse en algo nuevo, y ensayar abordajes que le resultaran más efectivos.
Fue así como eligió su objetivo inicial: salir a correr tres veces por semana.

A la sesión siguiente (dos semanas después de haber elegido el objetivo), comentó apesadumbrada que había intentado seguir un programa de entrenamiento que había visto en una página de Internet, pero que no había podido cumplirlo.
El programa decía que había que correr quince minutos la primera vez y luego ir sumando cinco minutos por día hasta llegar a media hora. Ella solo había logrado correr cinco minutos un día y cinco minutos otro día, y luego no corrió más por varios motivos: por una parte, se desmoralizó porque no solo no pudo correr los quince minutos estipulados, sino que además no logró sumar minutos la segunda vez. Por otra parte, el impulso inicial se desvaneció (como le suele ocurrir): ella no logró superar el desgano y, para completar, tuvo algunas complicaciones en el trabajo.

Le propuse, entre otras cosas, que siguiera un programa de entrenamiento más flexible y posible para ella. Inicialmente, no estuvo de acuerdo y argumentó que el que había visto era bueno y que se suponía que cualquiera podría hacerlo. Yo no puse en duda que fuera bueno, pero sí que cualquiera pudiera hacerlo; de hecho ella no había podido y probablemente mucha otra gente tampoco lo hubiera podido hacer.
Después de una especie de negociación, aceptó probar el programa que yo le proponía a partir de su experiencia real: correr cinco minutos por vez la primera semana y siete minutos por vez la segunda.

Dos semanas después llegó nuevamente apesadumbrada: sólo había logrado correr tres veces la primera semana, pero no había corrido ni una sola vez la segunda.
Después de valorar lo que sí había logrado, esto es, correr tres veces la primera semana, le propuse aceptar que correría todo lo posible. De manera, que ahora el objetivo sería correr la cantidad de minutos que le permitiera su estado físico, de ser posible tres veces por semana, y retomar el ejercicio cada vez que por algún motivo lo hubiera interrumpido.
Obviamente, este no es el entrenamiento deseable para un deportista, pero como ella no aspiraba a serlo, era el entrenamiento posible para ella en ese momento.

La última vez que la vi, había corrido algunas veces y había logrado, también, retomar la práctica después de algunos días en que la había tenido que interrumpir.
Si bien no estaba conforme, se sentía un poco mejor y empezaba a reconocer que era mejor plantearse las cosas de esa manera y partir de lo que era realmente factible para ella en ese momento que tratar de seguir forzando algo que no podía hacer. Mantener expectativas poco realistas respecto de como tenía que ejercitarse volverían a bloquearla, mientras que adecuar las expectativas a su propio proceso le permitiría, en cambio, sostener su objetivo y eventualmente, con el tiempo, mejorar su hábito y avanzar aún más.

Lo que le ocurre a Silvia no es infrecuente. En mi experiencia veo que nos sucede a muchos con algunas de las cosas que queremos lograr o que necesitamos hacer.
Generalmente, asociamos firmeza y perseverancia con mantener lo emprendido en forma ininterrumpida, sin dudas, y sin idas y vueltas. Si lo podemos hacer de esta manera, fantástico, pero, como sabemos, usualmente no ocurre así con las cosas que más nos cuestan o solo es así con algunas cosas.

Desde mi punto de vista, podemos ser perseverantes también, a pesar de las dudas y de las discontinuidades. Volver a decidir lo mismo después de vacilar –elegir otra vez un propósito después de desistir y retomar una acción después de haberla interrumpido– es también una forma de perseverar. Más aún, para la mayoría de nosotros, es quizás la única forma de perseverar respecto de todas esas cosas que nos cuesta emprender o respecto de las que experimentamos mucha inercia. Esto se nos complica cuando queremos todo y lo queremos ya. Se nos facilita cuando vamos paso a paso y toleramos el proceso personal, con sus vicisitudes y aprendizajes, junto con el tiempo que nos demanda la construcción de los hábitos necesarios para alcanzar nuestras metas.

En síntesis, podemos perseverar a pesar de nuestra inconstancia cuando nos mantenemos atentos a nuestro proceso, reconocemos con honestidad lo que nos pasa, revisamos nuestros criterios, y tenemos expectativas y actitudes flexibles para explorar y seguir adelante.
Lic. Eugenia Lerner