Vuelvo sobre tus huellas, Tom

Cuando terminé de leer “Awakening Spirits” y “The Journey”, de Tom Brown, supe que él sería mi tercer maestro chamánico. Impulsada por la certeza me anoté en el curso básico de rastreo y supervivencia, que era pre-requisito para sus cursos de chamanismo.

Llegué de mañana al campamento, en las afueras de New Jersey, armé la carpa y preparé mis cosas.
Cansada por el viaje y los preparativos me dirigí al galpón donde se daban las clases. Apenas cabíamos. Ciento setenta y cuatro participantes de varios países, todos apiñados en largos bancos de madera, sin respaldo, duros. En el frente, sobre una tarima, un sillón de madera rústica.

El ambiente no se parecía en nada a los cómodos salones por los que yo había transitado en otros cursos. El aspecto de los participantes tampoco. Había muchos cuerpos robustos con ropa de camuflaje. Todo más agreste y salvaje.

Una aseveración, leída en uno de sus libros, se presentó con fuerza en ese momento: safety, security and confort are euphemisms for death, (estar protegido, seguro y confortable son eufemismos de muerte). Estaba motivada por salir de mi zona de confort. No quería correr el riesgo de vivir medio muerta.

A las seis en punto de la tarde, la hora convenida, Tom Brown entró al lugar con un andar lento, seguro y relajado. Se sentó en su sillón y permaneció unos minutos en silencio, abstraído. No tenía apuro. Luego nos miró. Realmente nos miró. Sus ojos celestes nos atravesaron. Una corriente eléctrica circuló por el ambiente y sentí como la masa de cuerpos se tensaba. Mi cansancio se disipó y entré en estado de alerta.

-      Buenas noches (pausa) Esta será una semana tremendamente agotadora (sonrisa irónica) No es broma. No existe el tiempo libre en un curso como este. No soy un gurú viejo de pelo gris. Acá no nos sentamos a charlar debajo de los robles. Les pido siete días completos de sus vidas. Algunos de ustedes no llegarán hasta el final.  

Yo, como fuera, esperaba llegar hasta el final. Confiaba en mi entrenamiento chamánico previo y en la intuición que me había llevado hasta allí, sin embargo ya me dolía la espalda por la incomodidad del asiento. No estaba segura de tener la resistencia física necesaria.

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Durante el curso básico de rastreo y supervivencia, Tom nos llevó un día al bosque. En un momento de la caminata se detuvo en un pequeño claro, lo observó unos segundos y manifestó:

— Por acá pasó un ciervo viejo hace dos días. Caminó lento en esa dirección –y señaló una serie de huellas a lo largo de una senda casi imperceptible. —Un macho que rengueaba de la pata trasera izquierda.

Yo sólo veía tierra y pasto.

Más adelante se detuvo frente a un árbol.

— Esta ramita está cortada ¿Qué sucedió aquí? ¿Cómo se cortó? ¿Hace cuánto tiempo? —nos preguntó.

Quedamos atónitos, en silencio. ¡Quién diantres puede saber eso!, pensé. Después de un rato, Tom declaró:

—- La quebró un hombre, con su hombro derecho, que pasó corriendo. Estas son sus huellas. ¿Hacia dónde se dirigió? – volvió a interrogarnos.

Nadie respondió.

Después de mostrar el derrotero de las pisadas y otras ramas rotas en ese mismo trayecto, remató: Esto sucedió ayer. Estimó, además, el peso y la altura de ese hombre.

Yo sabía que no estaba allí porque quisiera o pudiera llegar a ser rastreadora en la naturaleza. Ese camino no tenía nada que ver con el mío. Sin embargo, observar a Tom y cómo él captaba  mínimos detalles me despertó una motivación insospechada. Una llama que no quería apagarse, que buscaba algo. Me preguntaba qué.

Otro día, en uno de los escasos momentos libres que teníamos, me acerqué a uno de sus ayudantes y le conté que no sabía cómo podría aplicar alguna de las técnicas de rastreo en mi vida y mi trabajo. Eso tendrás que descubrirlo vos, me respondió. Uno puede encontrar huellas y rastros en todos lados. ¿Cómo en todos lados? –pregunté. La vida deja todo tipo de rastros por todas partes. Existen otro tipo de huellas y de marcas, además de las que dejamos en la tierra, sentenció.

Mi parte lógica y racional no entendió su respuesta. Otra parte mía captó algo que nunca pude expresar con palabras. Fue lo que necesitaba para que eso que se encendió no se apagara.

A partir de todo lo que ocurrió durante esos días, de a poco me fui dando cuenta cuál es el tipo de huellas que observo yo. Gestos. Patrones. Mecanismos y formas de comportamiento. Secuencias. Dificultades. Las señales que más me entusiasman son las que llevan a resolver problemas y a evolucionar.

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En un curso posterior de chamanismo, nos reunimos una mañana, después del desayuno, en el salón de clases. El día estaba nublado.

— Hoy saldrán a buscar su lugar de poder. Conéctense con su Visión Interior y dejen que el cuerpo los guíe. Una vez allí, busquen dónde sentarse. Experimenten su energía.  Observen y registren todo lo que se mueve a su alrededor. Entren en el Silencio Interior. Tienen una hora.

Mientras daba detalles sobre cómo encontraríamos nuestro lugar de poder empezó a llover. Tom quiso saber si teníamos alguna pregunta y cuando se las hicimos, demoró en las respuestas. Mientras tanto, la lluvia arreciaba.

-       -Lo siento –sonrió como pocas veces.

Con mirada de coyote y tono irónico agregó:

-      -Está lloviendo, es hora de salir.

En otra ocasión una noche, antes de dormir, apareció sin previo aviso y dijo: En unos minutos saldrán al bosque a hacer sanaciones en la naturaleza.

Era invierno, había nevado, el suelo se había convertido en hielo.

— Saldrán en grupos de ocho. Se turnarán en dar y recibir sanación. Al recibir, se recostarán en el suelo. No pueden llevar linterna. Encuentren su camino en la oscuridad.

Nada acostumbrada al frío, y menos a la nieve, decidí llevar abrigo extra y una manta. Mis compañeros de grupo me miraron como si fuera algo totalmente inapropiado. Me sentí ridícula. Quise justificarme: En mi ciudad nunca nieva. Eso sólo hizo que me sintiera peor.

Sus dichos sobre la comodidad y la seguridad me resonaron otra vez. Había llegado la hora de avanzar hacia la falta de confort. Pero necesitaba mi mantita.

Uno a uno nos fuimos tumbando sobre la tierra helada. Todos aceptaron mi cobija para recostarse. Sentí que yo, “la argentina ridícula”, me había reivindicado.

Ahora, veinte años después, sigo apreciando la seguridad y el confort. Sin embargo, la inseguridad e incomodidad no me despiertan tanta resistencia como antes. Cuando las trasciendo me fortalezco. Al traspasar mis límites siento que crezco.

Cada vez que llueve recuerdo su sonrisa irónica y me digo: ¡Lo siento, está lloviendo! ¡Es hora de salir!

Sus ironías venían cargadas de enseñanzas. Al comienzo del curso nos había advertido: Aquí nadie se queja. El que se queje, tendrá que volver a su casa.
Yo no me consideraba quejosa, pero presté atención a su advertencia. Sentí que era una instrucción para poner orden en la tropa.

Varios meses después fui más consciente de mis quejas no expresadas. Reparé también en las quejas de los demás y en la cultura de la queja. Al reflexionar sobre todo esto recordé una de las leyes básicas de supervivencia:  la “ley de conservación de la energía”. Reparé en el hecho de que la queja consume mucha energía y eso me llevó a pensar que la advertencia de Tom no sólo tenía que ver con preservar el orden, nos enseñaba también a administrar adecuadamente nuestra energía. 

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Una vez, en un curso avanzado, nos pidió que juntáramos algunas bellotas. Luego dio instrucciones precisas para que preparáramos con ellas un té. Una vez hecho, teníamos que verter ese líquido en dos vasos.

A continuación debíamos elegir uno de los vasos y mantenerlo en nuestras manos entre tanto nos guiaba en una meditación especial.
Al concluir la meditación nos pidió que comparáramos el sabor y el aspecto del té de cada vaso y observáramos las diferencias entre ambos.
El té meditado tenía un sabor más dulce y menos astringente y su color era un poco más claro y transparente que el otro. 

Ver para creer. Nuestra energía modifica la materia. Las dudas y el escepticismo que aún tenía dejaron de respirar. Esta experiencia fue crucial: me ayudó a confiar en el poder que tiene la energía cuando la dirigimos de manera consciente.

Tom nos pedía que no creyéramos en él ni en lo que él transmitía. Decía que nuestro trabajo era probar por nosotros mismos si él estaba en lo cierto o estaba equivocado.

Muchas veces había escuchado eso de que hay que creer para ver. Si bien él concordaba con esto, sostenía también que, a veces, es necesario comprobar. Tom no sólo enunciaba. Buscaba formas de validar sus conocimientos y nos ofrecía pruebas y demostraciones cada vez que podía, tal como lo había hecho su maestro, el apache Stalking Wolf, y todo el linaje que lo precedía. 

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A través de largas horas en la naturaleza y clases prolongadas en los bancos duros del galpón, pude constatar que mi cuerpo, sostenido por la fuerza de la motivación y la energía del grupo, es capaz de resistir más de lo que me imaginaba.

Tom es un guerrero, yo no lo soy. Eso no me impidió absorber y aplicar en mi camino muchas de sus enseñanzas. Necesité reformular algunos conceptos y métodos para poder utilizarlos, y pude fluir con algunas de las prácticas desde el comienzo.

La Visión Interior fue una de las que de entrada me convocó. Cuando Tom nos dijo dejen que su cuerpo los guíe a encontrar su lugar de poder, entendí más profundamente cómo el espíritu habla a través del cuerpo. Capté su lenguaje corporal, su manera de decir por acá sí, por acá no; esto sí, esto no; ahora sí, ahora no.   

Otra de las prácticas que incorporé con facilidad y que utilizo con frecuencia es la pregunta sagrada. En una clase, después de mostrarnos una ramita cortada, y preguntarnos ¿Qué sucedió acá? Nos transmitió la otra parte de la pregunta sagrada: ¿Qué puedo aprender de esto?

Al principio me costaba creer que fuera sagrada. Pensaba que la llamaba así para que le diéramos importancia. Con el paso del tiempo me di cuenta de que estaba equivocada. Esa simple pregunta es poderosa. Me lleva a detenerme en las situaciones, observarlas, desbrozarlas, comprenderlas. Me mantiene más atenta, consciente y abierta al  descubrimiento.

Al final del primer curso Tom nos despidió con:

-        Su verdadera educación comenzará cuando regresen a casa y se aventuren solos por los bosques.

Cuando los nativos americanos se despedían, no decían adiós, porque el adiós es definitivo. Simplemente se daban vuelta y se alejaban.

Nunca nos dijo adiós. Nunca le dije adiós.

Eugenia Lerner

 


Comentarios

  1. Excelente síntesis, Eugenia querida! Me queda tan claro lo que transmitís que te dejó Tom, una huella para seguir sin duda. Para mí también sería complementaria como propuesta, ya que tampoco me siento una guerrera, pero sin duda su aporte se hace necesario para completar nuestra caja de herramientas de la vida. Gracias por brindarnos estas enseñanzas. La seguimos!!

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  2. Recuerdo esa experiencia .Recuerdo el brillo de tus ojos y la transparencia de tu piel . Gracias por traerlo aquí . hoy ,justamente ,en el medio de esta incomodidad que nos parece única .!
    Me llegó profundamente lo del adiós ...Nunca lo escuché de tus labios . Nunca te lo diré tampoco . Gracias ,Eugenia querida !

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  3. Que bueno todo el artículo. Me llega bien adentro eso del eufemismo de muerte, salir de la zona de confort, dejar o atravesar los miedos diría.
    No olvido tus relatos de hace casi 20 años de algunos aprendizajes fuertes de tu maestro Tom y algunas otras referencias de su maestro.
    Haberte mandado ahí solo por tu intuición habla de tu guerrera interior, aunque no sea tu propia senda.
    Muchas gracias y un gran cariño.

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  4. Que bueno todo el artículo. Me llega bien adentro eso del eufemismo de muerte, salir de la zona de confort, dejar o atravesar los miedos diría.
    No olvido tus relatos de hace casi 20 años de algunos aprendizajes fuertes de tu maestro Tom y algunas otras referencias de su maestro.
    Haberte mandado ahí solo por tu intuición habla de tu guerrera interior, aunque no sea tu propia senda.
    Muchas gracias y un gran cariño.

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    1. Muchas gracias por tu comentario!! Me alegro de que te resuene !

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  5. Me conmueve profundamente tu texto. Lo leí dos veces y me quedo resonando

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