lunes, 20 de junio de 2011

Pere y Grino: la magia de la transformación

Hacía unos días que Pere y Grino habían dejado el nido familiar para buscar su propio lugar. Después de tantear distintas posibilidades, Pere encontró un lindo huequito en donde anidar, entre unas rocas, con un buen ‘techo’ de ramas. Allí pasó la noche contento y orgulloso con su primera morada.
Al despertar, a la mañana siguiente, quiso compartir su alegría con Grino. Sabía que no estaba muy lejos de allí, así que decidió ir a su encuentro. Para localizarlo, activó su ‘radar’ intuitivo de vuelo y permitió que éste lo guiara.
A los pocos minutos lo divisó, posado quietito sobre una rama. Rápidamente aterrizó a su lado y sin poder contener su excitación le contó, con lujo de detalles, las peripecias de su búsqueda y las características del maravilloso lugar que había encontrado. Acto seguido, le pidió (en realidad casi lo instó) a que fueran hasta allí, para que Grino pudiera conocerlo.
Pero Grino ni se movió. Permaneció cabizbajo y contraído todo el tiempo. Cuando Pere llegó y lo vio así, supuso que su hermano recién se despertaba y que pronto se despabilaría. Pero no fue así, algo andaba mal.
No sabía muy bien qué hacer, dado que sus estados de ánimo eran diametralmente opuestos y le costaba mucho desacelerar en ese momento. De manera que, haciendo un esfuerzo supremo, preguntó:
- ¿Qué te pasa?
- Extraño mucho a papá Hal y mamá Con… extraño mucho nuestro nido… y…. y (ya lloriqueando agregó) ¡y… no no en-encontré ningún lu-lugar conforta-a-able para miiii…!
- uhy! Uhy! -chilló Pere, y conteniendo su fastidio, no tuvo mejor idea que insistir en su propuesta- ¡¡¡te propongo volar hasta mi lugar y después te ayudo a buscar el tuyo. Cerca de allí hay muchos buenos huequitos para anidar!!!
- mmmh… no tengo fuerzas ahora para moverme y tengo frío –dijo Grino en un tono casi inaudible.
A esa altura de los acontecimientos, ambos se sentían contrariados: Pere,  frustrado porque Grino no satisfacía sus deseos y Grino, incomprendido dada la insistencia de Pere.
El diálogo se había cortado y el clima entre ellos estaba muy tenso, por lo que Pere se despidió y decidió desfogar su furia en un largo vuelo. Grino en cambio, permaneció allí cada vez más triste y apichonado.

Ambos deseaban revertir la situación pero no sabían cómo. Cada uno necesitaba algo del otro, pero ninguno de los dos podía satisfacer lo que el otro esperaba.

El día terminó y llegó la noche. Después de tanto volar, Pere, cansado, fue a dormir a su cuevita. Grino se durmió en el mismo lugar en el que había estado durante el día.

Esa noche Pere tuvo un extraño sueño. Soñó que, en medio de una fuerte tormenta, caía un rayo cerca de un pajarito. El se acercaba a ver qué le había sucedido y notaba que el pajarito estaba herido. Mientras se preguntaba cómo podía ayudarlo, llegaba otro pajarito volando, contento, e invitaba al primero a jugar con el agua y el viento; sin reparar en la condición en la que aquél se encontraba.

Esa misma noche el búho Sabetodo se presentó en los sueños de Grino, y  le dijo en tono compasivo: “Grino, Grino… comprendo tu pesar… tu nostalgia.  Cuéntame qué te pasa” …  Luego extendió un poco su ala y se dispuso a escuchar. Grino le dijo que no tenía fuerzas para abastecerse por sí mismo, que extrañaba mucho y no podía salir de su tristeza. Que su hermano estaba contento y era fuerte, pero él no. Y que a excepción de él, (de Sabetodo) nadie lo comprendía. Sabetodo contestó: “ recuerda que puedes llamarme cuando quieras. Yo me haré presente en tus sueños y en tu imaginación, para guiarte, acompañarte y darte fuerzas en el camino”. Después de un breve silencio agregó: “hay distintas formas de fortaleza y muchas formas de construirla. No resistas tu tristeza y mañana cuando despiertes, toma varias respiraciones profundas y piensa sólo en dar un pequeño pasito por vez. Ya verás, algo sucederá”… dicho lo cuál partió, dejando una esfera de luz al lado de Grino.

A la mañana siguiente, Pere se despertó con el canto de un pájaro. Cuando lo vio no lo pudo creer: era igual al pajarito contento de sus sueños. En el mismo instante en que sus miradas se cruzaron, reconocieron la afinidad de temperamentos y supieron que serían amigos. Esa mañana fueron juntos a buscar su desayuno.

Cuando Grino despertó, se sintió tan triste como el día anterior. Sentía que nada había cambiado. No tenía fuerzas para respirar profundo, como Sabetodo le había enseñado, y menos aún para pensar en dar algún pequeño pasito. Estaba en medio de esas tribulaciones cuando vio, justo debajo de su rama, un pajarito herido sobre la tierra. Sin pensarlo, fue hasta donde él estaba. El pajarito tenía un ala lastimada; estaba con hambre y con frío. Entonces Grino tomó unas cuantas respiraciones profundas y partió raudamente a buscar gusanitos. Después de alimentarse, ambos se quedaron juntos dándose calorcito.

Al día siguiente, Grino se despertó un poco más animado y hambriento, de manera que sacudió un poco su pereza y fue de caza. Al rato se cruzó con su hermano en el camino. Ambos se alegraron del encuentro y se detuvieron para conversar.
Pere habló primero: “hermano querido, la otra noche tuve un sueño, vi a un pajarito herido y cómo otro se le acercaba y hablaba como si nada le pasara. Te pido disculpas, porque yo el otro día hice lo mismo con vos: no comprendí tu tristeza”.
“Me hacen muy bien tus palabras”, respondió Grino, “iré, en unos días, a visitarte. Ahora no puedo, porque estoy cuidando al pajarito herido”.
Ese día se despidieron con un abrazo profundo y fraterno.  

Con el transcurso de los días y sus nuevas experiencias, ambos habían cambiado y crecido. Ya no esperaban tanto el uno del otro, tenían nuevos amigos, Pere se había vuelto más comprensivo y Grino estaba más contento y fortalecido. 

Al alejarse, Pere vio una esfera de luz brillar cerca de Grino.

Lic. Eugenia Lerner

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