domingo, 21 de abril de 2013

El color de los seres

No sabía cómo había llegado allí. Tampoco tenía muy claro qué ni dónde era "allí". Algunos días pensaba que quizás había sufrido un accidente y estaba postrado en alguna cama de hospital, alucinando. Otras veces pensaba que ya no habitaba su cuerpo y estaba en "el más allá". También se le había ocurrido pensar que los seres que vivían en ese lugar lo habían abducido. Pero la hipótesis preferida era que seguía en la Tierra y que, por algún extraño motivo, su forma de percibir había cambiado.
A lo largo del tiempo (no sabía cuánto) hizo distinto tipo de experimentos, con la intención de someter a prueba cada una de estas posibilidades. Ninguna de ellas le permitió obtener resultados concluyentes. Así que, para no desesperar, había decidido que viviría cada instante según la sensación o certeza que tuviera en cada momento.

Como eso ya no lo atormentaba tanto, ahora estaba abocado (a decir verdad, casi obsesionado) a descubrir de qué color era él (si es que era de algún color).
Allí, los seres tenían algo debajo de la piel de su abdomen que pulsaba e irradiaba luz, de color.
Había notado que los colores más frecuentes eran rojo, amarillo, verde y azul. Cada individuo emitía principalmente uno de esos colores. O sea, aunque todos irradiaban los cuatro (de manera intermitente y con variaciones de intensidad) cada uno tenía un color predominante.
Una observación más detallada le había permitido identificar ciertas correspondencias. Los rojos solían ser muy vivaces y también algo irascibles e intolerantes. Los amarillos más alegres y movedizos, a veces muy inquietos. Los azules eran muy concentrados, más lentos y tristes y los verdes, sensibles, algo tímidos y asustadizos.

Un día caminaba por un lugar desconocido para él y de pronto sintió una embestida en su hombro derecho que lo hizo trastabillar. La sorpresa lo paralizó unos segundos. Vio que un rojo pasaba a velocidad de un rayo. Inmediatamente después,   un impulso lleno de ira lo llevó a correr tras él. Quería devolverle el empellón.
Mientras corría pensó: "debo ser un verde, ya que por unos segundos me paralicé".

Lic. Eugenia Lerner

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