jueves, 25 de julio de 2013

¿Otra vez lo mismo?

Hace unos días me encontré con Norma –una vecina a la que conozco desde hace muchos años– y la vi muy alterada. Me contó que había pasado por un mal momento, debido a que habían vuelto a robarle la cartera en el tren. Y dijo que habían vuelto a robarle, porque este tipo de cosas le sucedían con bastante frecuencia. Le sustrajeron varias veces el celular, otras veces la billetera, y otras veces más de una cosa al mismo tiempo. Pero esta vez fue total: le robaron toda la cartera.

Después de escucharla y lamentar lo que le había pasado, se me ocurrió preguntarle si ella tomaba algún tipo de recaudo para que esto no le pasara tan seguido. Su respuesta fue: “Es terrible, me cortaron la correa y yo no me di cuenta. El tren iba muy lleno. Estábamos todos apretujados. Pero ¡cómo no me di cuenta!".
Le dije que la entendía, porque lamentablemente los carteristas tienen la habilidad de sustraer cosas sin que uno se dé cuenta. Y, como en realidad todavía no había respondido a mi pregunta, fui más explícita y le pedí que me contara dónde ponía ella su cartera cuando viajaba, y cómo la llevaba en esta última ocasión. Me dijo que siempre la usaba colgada del hombro y al costado del cuerpo. En ese momento sospeché que Norma no sólo tenía mala suerte, sino que, además, no había aprendido de la experiencia.

Aunque muchas personas podrían pensar que este es un ejemplo atípico –ya que la mayoría de la gente toma medidas preventivas en este tipo de situaciones–, a mí me parece, en cambio, que es uno típico –más allá de la anécdota–, en el sentido de que refleja algo que nos puede suceder a todos. Este caso ilustra, en mi opinión, cómo muchas veces nos resulta difícil responder de manera diferente, a las situaciones que se repiten una y otra vez.

Cuando Norma me contó cómo llevaba la cartera, le dije que me parecía más seguro que la llevara asegurada con el brazo, por delante de su cuerpo. Pero no me prestó mucha atención. Seguía diciendo: “¡Cómo no me di cuenta! ¡Cómo no me di cuenta!”.

Hete aquí, quizás, una de las claves para comprender lo que no nos ayuda a evitar que las situaciones se repitan. Norma seguía aferrada a su expectativa de darse cuenta si le robaban y consideraba que su error consistía en no haberse dado cuenta.
Yo, en cambio, considero que su error consistía en no partir de la base de que podían robarle, y actuar en consecuencia. Es decir que conservaba dicha expectativa a pesar de haber notado, una y otra vez, que no se percataba cuando un pillo metía mano en su cartera.

En mi opinión, esta actitud es semejante a la de esperar que alguien que no suele cumplir con su palabra la cumpla, o que alguien que no se comporta de manera responsable se comporte responsablemente. Si bien es cierto que la gente no siempre procede de la misma manera  –y también, que la gente puede cambiar–, me parece que es más aconsejable partir de lo que observamos y no de nuestra idea de cómo deberían o podrían ser las cosas.

Conozco a muchas personas –inclusive a mi me ha pasado– que, como Norma, sigue atascada año tras año en patrones de interacción a la espera de que el otro haga lo que se supone debería hacer, o de que la situación sea como tendría que ser o como uno desearía que fuera.
Cuando tomamos nota de cómo son las cosas al presente y nos preguntamos qué podemos o qué queremos hacer al respecto, tenemos más posibilidades de aprender de la experiencia y de ser más efectivos en la solución de nuestros problemas.

Entonces, ¿por qué no hacemos esto más seguido? Me parece que, al menos, por tres motivos relacionados:

1- Porque no tenemos el hábito de identificar cuáles son nuestras expectativas.
2- Porque una vez que las identificamos, no siempre estamos dispuestos a modificarlas o a renunciar a ellas.
3- Porque cuando modificamos una expectativa, se nos hace luego más evidente que hay otras cosas que también necesitamos cambiar, si no nos queremos exponer a que una situación se reitere.

Si Norma identificara su expectativa de darse cuenta y estuviera dispuesta a reconocer que cada vez que se sube a un transporte público corre el riesgo de que haya un carterista, tendría que cambiar, también, su forma de usar la cartera.

Si alguien nos da su palabra reiteradas veces y no la cumple, cada vez que nos dé su palabra necesitaremos recordar que puede ser que no la cumpla. Esto puede enfrentarnos obviamente a algunas desilusiones. Implica, también, asumir la responsabilidad de capitalizar nuestra experiencia y de actuar en consecuencia.

Lo mismo podría decirse cuando un adulto –y no estoy hablando aquí de temas vinculados con la educación de nuestros hijos– ha demostrado reiteradas veces que no se ha hecho responsable de algo. Necesitaremos reconocerlo, procesar todo lo que eso nos genera, y elegir el camino para seguir, partiendo de la base de que esa persona probablemente seguirá comportándose de la misma manera.

Aunque indudablemente este es el camino más arduo, es también el camino que más nos ayuda a no tropezar siempre con la misma piedra y a crecer. 

Lic. Eugenia Lerner


2 comentarios:

  1. Gracias Eugenia, una vuelta más de rosca a los temas ya vistos... me aclara y me recuerda lo que puedo hacer. Un fuerte abrazo. Silvia Tassistro

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    1. Me alegro, Silvia, que te haya recordado lo que podes hacer. Abrazo !!!!!

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