martes, 10 de septiembre de 2013

Fluir y no fluir

Hace un tiempo Ana,  una conocida, me comentó que estaba contrariada porque no lograba concretar el alquiler de un departamento que le había gustado. En las semanas previas, había visitado cuatro o cinco, y ese era el único que le había parecido apropiado. Después de que ella había dejado la seña correspondiente para reservarlo, la inmobiliaria organizó una reunión con el dueño de la propiedad para acordar los términos del contrato, pero no le fue bien allí. No sólo no logró ponerse de acuerdo respecto de algunas de sus cláusulas, sino que además pasó un mal momento debido a que el dueño mostraba mala onda. Según me dijo, todo esto la llevó a pensar que, quizás, estas fueran señales de que no debía mudarse en este momento, ya que las cosas no fluían en esa dirección.

A mi criterio, este ejemplo –como muchos otros que podría dar– muestra la confusión que existe en torno a la idea de fluir, y las decisiones desacertadas que muchas veces se toman a raíz de ello.

Cuando un barco se dirige hacia su destino, si el mar está calmo, el navío funciona bien y la tripulación es eficiente, todo transcurre con fluidez. Pero si hay tormenta, alguna avería o algún error humano, quien está al mando no espera que la embarcación siga fluyendo, ya que de seguir navegando en condiciones inapropiadas, probablemente no llegaría bien a puerto. Se dedica, más bien, a hacer las correcciones necesarias para mantener el rumbo, reparar las averías o el error.

Navegar nuestra vida es aún más complejo que esto, puesto que hay muchísimas circunstancias internas y externas presentes en cada momento del camino. No hay ninguna matemática conocida que sea precisa para arribar exactamente al lugar deseado, en el menor tiempo posible y con el menor esfuerzo.

De todas maneras, podemos decir que cuando las circunstancias son propicias, estamos preparados y tenemos las habilidades necesarias, es más factible fluir hacia la meta. Pero si no fluimos, ¿eso indica que debemos abandonar el intento?

Si algo no fluye, no quiere decir necesariamente que estemos mal encaminados. Puede querer decir que se requiere más tiempo, más ingenio, más capacitación, más paciencia, para alcanzarlo; o bien que deberemos reformular nuestras metas, nuestras expectativas y aprender de la experiencia.

Me parece que fluir no es el indicador básico de que estamos bien encaminados, de la misma manera que no fluir tampoco señala que estamos desacertados. Fluir y no fluir son momentos del proceso, van y vienen como la marea, y dependen de un sinnúmero de variables, algunas de ellas misteriosas. Sólo basta ver algunos ejemplos de la historia de la humanidad para ubicarnos en este tema con la perspectiva adecuada.

Nicolás Copérnico (1473-1543) pasó cerca de veinticinco años trabajando en el desarrollo de su modelo heliocéntrico del universo. En aquella época le resultó difícil que los científicos lo aceptaran, ya que este modelo suponía una auténtica revolución.

Vincent Van Gogh (1853-1890) fue uno de los principales exponentes de la pintura postimpresionista. No vendió ningún cuadro en el transcurso de su vida, y la calidad de su obra fue reconocida después de su muerte.

George Lucas (1944) padeció mientras escribía el guión de la saga Star Wars. Fue una de las cosas más difíciles de su vida. Incluso, su proyecto fue rechazado por muchos estudios, hasta que finalmente logró que lo aceptaran.

No es necesario, sin embargo, remitirnos a las grandes personalidades para constatar que no todo lo que no fluye en la vida va por mal camino. Basta con conocer la historia de las personas que nos rodean para constatarlo. Podemos ver ejemplos de esto en nuestra cotidianidad.

Cuando aceptamos que la marea va y viene –el flujo y el reflujo– como parte del proceso, dejamos de resistir los obstáculos y los esfuerzos, y aprendemos de cada momento. Es entonces cuando sentimos que un contrato frenado, como el de Ana, o una tormenta en el mar, no son señales de que no debemos continuar, sino de que estamos navegando.

De manera que, si estás con deseos de mudarte –sea de casa, de actividad, de trabajo o de manera de ser–, más que poner el énfasis y la expectativa en fluir, sugiero que la pongas en mantener viva tu motivación, desarrollar los recursos necesarios y darle el tiempo que requiera la concreción de tu deseo.

Lic. Eugenia Lerner 

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