¿Incurable?

Hoy leí en un diario la historia de Carmela (https://www.clarin.com/sociedad/hija-comia-mundo-convirtio-abuela-90-anos_0_H1FzYdD0f.html ). La periodista cuenta cómo Carmela, a los 29 años, comenzó a padecer un cansancio extremo e incapacitante. Después de un año de transitar por diferentes consultorios, finalmente le dan un diagnóstico: Síndrome de fatiga crónica. El artículo mencionado se publicó con motivo del Día Internacional de la fatiga crónica, con la finalidad de dar a conocer la existencia de este síndrome, que no siempre es reconocido ni fácil de diagnosticar.

Lo que en realidad llamó más mi atención no fue tanto la historia, ni las características de esta dolencia, sino las tres palabras que figuran después del diagnóstico: "no tiene cura". Mi corazón y mi cerebro dieron un respingo. Hacía un tiempo había leído, por el contrario, que si se efectuaban cambios en determinadas actitudes y se suprimían ciertos alimentos, muchas veces se lograban revertir estos cuadros.

Desde hace años vengo escuchando y leyendo testimonios de seres humanos que se han curado de enfermedades "incurables". Si bien, obviamente, se desconoce la cura para muchas afecciones, y no podemos afirmar que todos los individuos se curan de todas las enfermedades, también es cierto que algunas personas logran curarse, más allá de los diagnósticos y de los pronósticos fatales establecidos. Además, hoy en día existen recursos y tratamientos que antes no existían.

Existe mucha evidencia de estas sanaciones. Hace años un libro me abrió los ojos en este sentido: "Anatomía de una enfermedad" (publicado luego bajo el título "La voluntad de vivir") de Norman Cousins. El autor (un periodista norteamericano) padeció de una enfermedad muy grave del tejido conectivo, mortal en el 99.99% de los casos. Cousins decidió poner el foco en su 0.1% de probabilidad de curarse y lo logró. ¿Como? Su intuición lo llevó a seguir un camino que tenía sentido para él. Eligió un tratamiento basado en la risa y la vitamina C. A tal efecto, se internó en una habitación de hotel, buscó un médico dispuesto a ayudarlo y una enfermera. Durante días y días miró películas cómicas para reírse y con el fin de mejorar su estado de ánimo y activar los mecanismos autoreparadores del cuerpo. Tomó grandes dosis de vitamina C, cada dos horas, porque estaba informado de los hallazgos de Linus Pauling sobre los efectos beneficiosos de este elemento; y así se curó.

Anita Moorjani que padeció, también, de una enfermedad terminal, da otro testimonio asombroso en su libro "Morir para ser yo". Ella comparte el trabajo interior que realizó para sanar, a través del cual pudo modificar muchas de sus ideas, actitudes y emociones. Menciona, además, los recursos que utilizó durante todo el proceso, los cambios de vida que tuvo que llevar a cabo y las decisiones difíciles que tuvo que tomar para llegar a recuperarse.

El Dr. Eben Alexander, neurocirujano, es otro ejemplo notable. El padeció una meningitis bacteriana muy infrecuente (que destruye las células del cerebro en pocos días). En su libro "La prueba del cielo" cuenta la experiencia espiritual que tuvo (siendo escéptico y ateo) mientras estaba en un profundo estado de coma; y cómo el sostén y las plegarias de su familia lo ayudaron durante todo ese tiempo. Para sorpresa de todo el equipo médico, no sólo sobrevivió sino que, además, no le quedó ninguna secuela.

En el terreno de la salud mental también encontramos casos en los que se han revertido cuadros considerados congénitos o incurables. Tal es el caso, por ejemplo, de algunos tipos de autismo. Valga como prueba la historia de Maia, una niña española identificada como autista. Ella tuvo la suerte de que su mamá no se rindiera frente a este diagnóstico; que confiara en su percepción y en su capacidad de observación: su hija no había nacido así, se había vuelto así casi de un día para otro. Buscando soluciones encontró una valiosa información: algunos niños mejoran o, incluso, se curan a través de una dieta especial. Decidió cambiar la alimentación de su hija y, a los cuatro o cinco días, la mejoría fue notoria. Maia continúa con un plan estricto de alimentación y ya no tiene rastros del autismo. (Aquí la nota del diario: https://www.lanacion.com.ar/2130709-como-cure-el-autismo-de-mi-hija-cocinando?utm_source=FB&utm_medium=Cali&utm_campaign=2130709 )

Los diagnósticos sentencia no se limitan a lo médico o psicológico. Desde mi punto de vista también son recibidos, a veces, por quienes van en busca de ayuda energética o espiritual. Cada tanto me consultan personas que están debilitadas o atormentadas porque algún vidente (tarotista, parapsicólogo o lo que fuera) le ha dicho que sus problemas o su mala suerte se deben a que ha sido "embrujado" o que "le han hecho un daño", y se quejan de que sus padecimientos persisten a pesar de haber sido "tratados".

Obviamente la cuestión de la enfermedad y de la salud es muy compleja. Existen múltiples teorías respecto de lo que nos lleva a enfermar. ¿Enfermamos por las emociones o los pensamientos negativos? ¿el estrés? ¿los tóxicos? ¿los virus o las bacterias? ¿el tipo de alimentos? ¿los genes? ¿los factores ambientales? ¿los desbalances energéticos? ¿el karma? ¿las experiencias infantiles? ¿los conflictos no resueltos? ¿las cuestiones espirituales? ¿por una combinación particular de alguno de estos factores, o por otras razones? No existe una visión única sobre qué es lo que nos lleva a enfermar. Cada profesional formula un diagnóstico, un pronóstico y un tratamiento de acuerdo con la teoría a la que adscribe o según las causas que identifique, en cada caso, como generadoras de la afección. Existe, además, otra cuestión importante a tener en cuenta: ¿nos curamos sólo por los tratamientos o también porque creemos en ellos?

En este marco de complejidad me gustaría volver a lo que hizo brincar mi corazón: la aseveración no tiene cura. Me parece que, dado lo que he mencionado previamente, una cosa es decir "no conozco la cura" y otra, muy diferente es asegurar que no la tiene. La suma de conocimientos de los que disponemos hoy en día pueden, desde mi punto de vista, ayudarnos a resolver las cosas o llevarnos a la arrogancia de creer que sabemos más de lo que sabemos. Como pacientes, creo que es saludable que recordemos que existen muchos criterios y enfoques posibles para cada situación. No creo que sea aconsejable que nos quedemos sumergidos, sin una mayor exploración, por un veredicto de pronóstico desfavorable. Podemos ser pacientes, en el sentido de tener paciencia, pero no necesariamente en el sentido de permanecer pasivos. Creo que, en última instancia, nuestro camino de sanación constituye una parte del misterio de la vida a ser develado.
Contamos, para descifrarlo, con nuestra capacidad de observación, con nuestra intuición y también con la posibilidad de investigar y de probar (siempre que sea posible) diferentes alternativas. Sanar lo "incurable" no siempre es fácil, pero quizás puede ser posible.

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