Individualismo extremo: el usuario exigente

©Eugenia Lerner

Hoy en la caja del supermercado, ocurrió un episodio banal, pero que me viene bien para ejemplificar un tema del que quiero hablar desde hace rato. (Por algún extraño motivo suelo inspirarme en los supermercados).
Mientras estaba en la caja rápida, en donde sólo se admite la compra de 15 productos, la cajera le advirtió a la persona que me seguía en la fila: “señora, si Ud. tiene más de 15 productos tiene que ir a otra caja. Fíjese, que hay un cartel”. La señora en cuestión le contestó de muy mala manera, indignada: “sólo tengo 3 más” (o sea, si las cuentas no me fallan serían 18) “tienen muy mala atención en este lugar”!!!
Desde mi punto de vista, es bastante fácil respetar esta norma, que justifica lo de “caja rápida” y establece un patrón de compra claro y equitativo para todos los que pasan por allí. Pero evidentemente mi criterio no es universal;  confieso que tampoco lo es siempre para mí, ya que alguna vez me he sentido con el derecho a la excepción.

En las últimas décadas se ha exacerbado una actitud que llamaré la del “usuario exigente”, muy frecuente en nuestra sociedad actual. Este tipo de usuario, que podemos encontrar en diferentes contextos y situaciones, parte del supuesto básico de yo pago- yo exijo-yo merezco, aún aquello que por distintas cuestiones no puede ser exigido.
Podríamos pensar que el ejemplo antes mencionado es característico sólo de nuestra cultura local, en donde es habitual que no se respeten las normas. Pero la mentalidad de usuario exigente, abarca muchos aspectos y está expandida, según tengo entendido, por casi todo el mundo occidental. La exigencia de todo rápido y ya, por ejemplo, parece estar bastante generalizada. Aún cuando el tipo particular de exigencias o expectativas puedan variar de una cultura a otra, lo que parece imperar en esta mentalidad es el derecho a exigir cierto tipo de perfección o de idealidad. Un extranjero me dijo una vez “las naranjas argentinas son exquisitas, pero lástima que tengan semillas. En mi país son mejores, porque no las tienen”.

Por supuesto que los usuarios podemos reclamar por un buen servicio. Pero la actitud de usuario exigente tiene otros ingredientes, que van más allá del justo reclamo. Pretende un trato privilegiado a toda hora, servicios perfectos, económicos, ágiles y rápidos. El usuario exigente suele, además, tratar como “robots” a los empleados que los atienden. Se siente con derecho a quejarse de todo, de cualquier manera y a exigir de mal modo que se cumpla con sus requerimientos.
Considero que este es uno de los peligros de la sociedad de consumo actual: convertirnos en consumidores exigentes e insensibles,  no sólo de lo que adquirimos, sino de la vida, esperando que todo se adapte a nuestro criterio, a nuestra conveniencia y a nuestra comodidad personal. 


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